12 jul. 2008

Reflexión acerca de Muerte en Venecia


El hombre que está solo y espera

“Muerte en Venecia” fue llevada al cine en 1971 por Luchino Visconti, uno de los grandes títulos del primer siglo del cine, con Dirk Bogarde, Silvana Mangano, Marisa Berenson y Björn Andresen.
El guión, del mismo director y Nicola Badalucco (que ya había trabajado con el cineasta en el de “La caída de los dioses”), es un retrato de la soledad desesperanzadora en 60 páginas, con 13 cuadros y 428 planos. Es, además, una versión descriptiva, de cuidada narración y singularmente cruel, del relato de Thomas Mann. Descriptiva en cuanto a su mirada, casi como una película muda, en la que lo realmente importante está, precisamente, en lo no dicho. De cuidada construcción narrativa, porque, como pocas veces ocurre con adaptaciones de relatos en los que abundan las sensaciones, conserva lo esencial. Cruel como un espejo bien pulido, porque se trata, simplemente, del derrumbe de toda una vida. Los diálogos son pocos, la mayoría formales y con la servidumbre, a la hora de hacer o recibir un pedido. Y los filosóficos de Gustav von Aschembach (con su colega Alfred), el compositor austríaco que llega a Venecia en busca de algo que no tiene, desesperado por encontrarse de una vez y para siempre con su ideal de belleza soñada, ese que intentó materializar a través de la música, pero es evidente, era inalcanzable.
La música juega un papel fundamental. Seguramente por el parecido de su personaje principal al compositor romántico Gustav Mahler (y el de Alfred al de su amigo y discípulo Arnold Schömberg) tomado como modelo por el director de “El gatopardo” y “Ludwig” para dar a su personaje una dimensión humana. Es que buena parte de su deambular por el Gran Hotel des Bains y las playas del Lido de Venecia, tiene como fondo a Mahler. Desde los títulos, con el adagetto de la tercera sinfonía, y después con fragmentos de la quinta (por la Orchestra da Camera dell’Accademia di Santa Cecilia de Roma, dirigida por Franco Mannino).
En esa pequeña isla bordeada por la arena, próxima a la ciudad de los canales, Von Aschenbach hace (como apuntó el crítico Lino Miccichè) su última representación de la decadencia de la burguesía, incluso azotada por la peste importada de oriente que todos callan, contraste de luz y tinieblas, de vida y de muerte, objetividad histórica y subjetividad ascética.
La última escena, con Von Aschembach sentado en una silla playera de cara al mar, de riguroso blanco, acicalado por el barbero, con una gruesa capa de maquillaje cuarteada por el sol, sólo y a la espera de un imposible, deviene desenlace inexorable. El final de un tiempo que supone un adiós definitivo al esplendor, a lo que fue y a la esperanza de lo que pudo haber sido, lo que queda del fracaso y la decadencia

Claudio D. Minghetti

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