12 jul. 2008

Darín y La señal


La vida del Pibe Corvalán es bastante gris. Tiene cuarenta muy largos y su padre, todavía aferrado al bandoneón y a su sonido tan particular, está muy viejo. Corvalán es socio, con Santana, de una agencia de detectives. Además de sus nombres, el vidrio esmerilado de la puerta al despacho en el que atienden tiene pintada una leyenda que promete “métodos norteamericanos”. Sin embargo, los dos son muy argentinos, porteños de ley. Y un día, mientras las radios anuncian la agonía de Evita Perón, una mujer, bonita y enigmática, encarga a Corvalán seguir a un hombre. “Olvídese de esa mujer” le sugiere Santana “…Tiene mala música”, asegura el amigo. Esa sentencia marca el principio de una historia negra, muy negra, que parece protagonizada por Philip Marlowe o Sam Spade, con personajes con del hampa, y escenarios como el hipódromo, cortadas, peluquerías o parques de diversiones. Tiene, además, humo de cigarrillo y de tiroteos, silencio de duelo popular, un puñado de lealtades, y una traición.
Así es la historia de La señal, más o menos parecida a la que publicó Eduardo Mignogna hace cinco años con formato de novela, pero que no puedo filmar porque murió hace uno -el 6 de octubre de 2006-, cuando todo estaba listo para empezar el rodaje.

Ricardo Darín, que había sido elegido por el cineasta (ya lo había dirigido en La fuga y El faro), recibió una señal: él mismo debía cumplir con aquel sueño y, así saber, de una vez por todas, si era capaz de ponerse detrás de una cámara y dar órdenes. Para que todo saliera como Mignogna lo había pensado en detalle, pidió colaboración, a Martín Hodara, que había sido asistente de aquel (precisamente en El faro) y también del recordado Fabián Bielinsky (en Nueve reinas), y a Diego Peretti, el “señalado” para componer a Santana, uno como codirector, el otro dispuesto igual que él, a darle nuevo cuerpo a un guión que, sin embargo, empezaba a tener vida propia.
Darín y su película están ahora en las gateras, a la espera de que el jueves suene la campana de largada, la señal de que llegó el gran momento. “En la cancha se ven los pingos”, podría ser una oportuna reflexión su personaje.

Oscuro, bien oscuro

-Se te ve tranquilo, todo lo contrario de cuando comenzabas el rodaje con más dudas que certezas.
-El hecho de que La señal esté terminada, de que hacerla no fue una bravuconada, de que esté hecha con respeto por el espectador común o el entrenado me tranquiliza. Me preocupa es cómo le va a pegar a la gente, que genere discusión, debate.
-¿Por qué terminó siendo más oscura que el libro?
-Cuando empezamos a escarbar en qué era lo que traía Gloria –el personaje que compone Julieta Díaz- entre manos, a desarmar la historia en piezas más pequeñas, nos dimos cuenta que para que el policial creciera, había que desplazar hacia los costados lo costumbrista. Nos dejamos arrastrar por lo oscuro, nos pareció que así se ponía más interesante, que se anclaba mucho más en el género, que la historia se recortaba sola, que a pesar de ser una película “de género” y los homenajes a películas anteriores, tuviese identidad propia. Dejamos que la historia creciera sola.
-Un género del cine norteamericano muy bien explotado por el viejo cine argentino…
-Si, y por múltiples motivos me pareció que La señal debía anclarse en el género. Una de nuestras películas de referencia fue Apenas un delincuente. Cuando descubrimos que la época y los detalles estaban pero de una manera funcional a la historia, nos empezamos a tranquilizar.
-Para el cine argentino reconstruir una época es todo un desafío…
-Está bien tomar riesgos. Creo que la gente va a reconocer esto y lo va a disfrutar.
-Una vez que la terminaste ya empezaste a tener devoluciones…
-Una muy importante fue la de Graciela Aguirre, la viuda de Mignogna. Un mes después de su muerte, ella me dijo que hiciera la película que yo quisiera hacer, es decir que me liberó del peso de la referencia que significa Eduardo. Ella me abrió la puerta y su mirada respecto al trabajo terminado fue vital, generosa, tranquilizadora. Cada vez lo valoro más.
-La idea era contextualizar la historia en un tiempo sin sobredimensionar el costado político…
-Se hubiese contado otra historia. El compromiso está en la antinomia, que refleja aquellos tiempos. Creo que tiene la dosis necesaria de fidelidad con la época pero no se involucra más de la cuenta. Buscamos un plano más emocional que racional.
-A diferencia de La fuga, en este caso no solo tenés que meterte en otra época sino imaginarla…
-A lo largo del rodaje te encontrás varias veces con la cuestión de pensar si lo que estas haciendo podría haber sido así.

Las reglas de juego

-Es difícil imaginar aquella época, el sexo, por ejemplo.
-Con las escenas de sexo tuvimos un especial cuidado, porque no quisimos aggionarnos demasiado. Si el desarrollo de lo que está ocurriendo es verosímil, es tentador ampliarse, pro como era una época que intuyo, por lo que se veía en el cine, que siempre fue de vanguardia, si lo besos eran esquivados por la cámara, nos planteamos hasta qué punto mostrar una relación sexual, y nos pareció prudente e igualmente contundente, estar como espiando, sin sobrecargar la pantalla con una escena que puede parecer actual y de hecho puede hasta vender más. En este sentido y en otros, porque nos pareció que tiene que ver con el género, tratamos de ser económicos, porque era gente que se trataba con distancia y les costaba mucho hablar de las cosas que les pasaban, que sentían. No nos olvidemos que era una época en la que el divorcio no existía. Eso regía los parámetros sociales, la forma de vincularse.
-¿Ser fieles a aquellos tiempos?
-Tratamos de ser fieles a la novela de Eduardo, y más allá de ciertos virajes que tomamos bajo nuestra responsabilidad, nunca pensamos en otra posibilidad. Traer esta misma historia un poco más acá para nuestros días hubiese sido facilitar las cosas, porque no es nada fácil filmar en el Buenos Aires de hoy una historia de la década del 50. En este sentido hubo mucho trabajo de la gente de arte, de escenografía vestuario, y de corrección en la posproducción, que es lo que nos permitió el HD digital. Tratándose de una historia reflotada, de lo que pasó con Eduardo, sentí que había un plus de que las cosas salgan bien en todos los integrantes del equipo, que es difícil encontrar. Eso me emocionó mucho. Me lo había adelantado (Juan) Campanella “Probablemente –me dijo- esta sea una de las pocas películas en la historia del cine argentino que todo el mundo va a querer que salga bien”. Y así fue.

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