20 abr. 2020

GUASÓN, MÁS PRESENTE QUE NOSTALGIA

Cuando todo el cine del mundo hace suponer que el arte, sea por repetición, lugares comunes o zonas de confort que incluso invaden el registro independiente, no está en uno de sus mejores momentos, "Guasón" suena como una bofetada para esa polémica definición de Hollywood acerca del casi utópico equilibrio ideal que puede algunas veces darse entre arte e industria.

Es fundamental aclarar que si bien "Guasón" precede de alguna forma a "Batman" y pertenece al universo de DC Comics, esta (muy) afortunada reinterpretación nada tiene que ver con toda la avalancha de entregas sucesivas, en su mayoría excedidas de efectos especiales y anécdotas llanas autoclonadas, con pocas excepciones, como Christopher Nolan o "Spider Man: Un nuevo universo").

Arthur Fleck es un ser de la noche que vive medicado en una pocilga mugrienta junto a su madre anciana y discapacitada y trabaja como payaso promocionando merenderos baratos o haciendo morisquetas y bromas (incluso fuera de lugar) a chicos en hospitales, hasta que muestra la hilacha.

Arthur escribe una bitácora de su vida, entre chistes de humor negro y recortes pornográficos, tiene memoria eidética, es muy delgado, casi tísico, sube escaleras con aires triunfales, y una característica que lo hace singular y a veces repulsivo es su risa algo sardónica.

Esa forma de reír a carcajadas lacerantes, inoportunas y en forma espasmódica lo convierten en un ser digno de cuidado, sin embargo hay un momento clave en su vida, aquel en el que su monstruo interior comienza a brotar y ya nada será igual sino más bien infernal.

En verdad en esa Ciudad Gótica que no es otra que la Nueva York de la década del 70 pre Rudy Giuliani, puede confundirse con un sinfín de personajes que parecen salidos de la cloaca, de esas tapas caladas por donde se escabulle humo, el mismo que decoró "Taxi Driver".

El Guasón, como él mismo se bautiza, tiene como sueño ser un standapero estilo Lenny Bruce, un 'rey de la comedia' bizarro, e imagina alguna vez como invitado de late show del paradigmatico Murray Franklin, a quien imagina como ese padre que nunca conoció.

De nada vale explicar psicológicamente a un personaje como éste desde un punto de vista cinematográfico porque para eso están los psicólogos que podrían tener reflexiones más certeras que las de un crítico, pero si es necesario hacerlo desde la funcionalidad que tiene para que el lenguaje del cine sorprenda.

Y así Todd Phillips, un cineasta adocenado en comedias efectivas (cero creatividad) saca partido de la locura y cinefilia de los guionistas, donde se mezclan una infinidad de homenajes para nada pretenciosos que finalmente estallan, salpicando con sangre al espectador y a su balde con pochoclo.

Philips transita con total parsimonia por ese mundo deleznable de una ciudad sucia y corrupta, el filo del conflicto social que, de alguna forma, su personaje desata ayudado por su look de payaso afectado por Tourette, enmascarado con una grasosa pasta blanca que cubre sus muecas y miradas torvas.

Esa Ciudad Gótica -o Nueva York renombrada- funciona como olla en donde se cuecen todas las miserias humanas, desde las visibles a esas otras que operan como una infección en las nervaduras subterráneas y que, finalmente, terminan abiertas, supurando lo peor.

Los homenajes son múltiples y probablemente como "Psicosis" (1960), y "El incidente" (1967), obra maestras de Alfred Hitchcock y Larry Peerce, y siguen con Martín Scorsese, el de "¿Quién golpea a mi puerta?" (1967), "Taxi Driver" (1972); "El rey de la comedia" (1982), y "Pandillas de Nueva York" (2002).

Y hay más, desde los "malchicos" de "Naranja mecánica" (1971), de Stanley Kubrick, las de payasos siniestros varios y el look del de "No tengo cambio" (1990), de Bill Murray y Howard Franklin, hasta el Hannibal Lecter de "El silencio de los inocentes" (1991), de Jonathan Denme, entre muchas otras.

"Guasón" sale a demoler el esquema de héroe-antihéroe, para ubicar a este personaje "diferente" casi como un producto de esos otros seres humanos que se suponen "normales", y lo hace al mismo tiempo que construye un relato cinematográfico impecable.

Todo en esta producción es abrumador, desde las composiciones de Joaquin Phoenix en el punto culminante de su carrera, o Robert De Niro, hasta la recreación de la decadencia urbana precisa, que destila olor a mugre, ese que si bien no se puede degustar en la sala, esta en la pantalla y siente. que el arte, sea por repetición, lugares comunes o zonas de confort que Cuando todo el cine del mundo hace suponer que el arte, sea por repetición, lugares comunes o zonas de confort que incluso invaden el registro independiente, no está en uno de sus mejores momentos, "Guasón" suena como una bofetada para esa polémica definición de Hollywood acerca del casi utópico equilibrio ideal que puede algunas veces darse entre arte e industria.

Es fundamental aclarar que si bien "Guasón" precede de alguna forma a "Batman" y pertenece al universo de DC Comics, esta (muy) afortunada reinterpretación nada tiene que ver con toda la avalancha de entregas sucesivas, en su mayoría excedidas de efectos especiales y anécdotas llanas autoclonadas, con pocas excepciones, como Christopher Nolan o "Spider Man: Un nuevo universo").

Arthur Fleck es un ser de la noche que vive medicado en una pocilga mugrienta junto a su madre anciana y discapacitada y trabaja como payaso promocionando merenderos baratos o haciendo morisquetas y bromas (incluso fuera de lugar) a chicos en hospitales, hasta que muestra la hilacha.

Arthur escribe una bitácora de su vida, entre chistes de humor negro y recortes pornográficos, tiene memoria eidética, es muy delgado, casi tísico, sube escaleras con aires triunfales, y una característica que lo hace singular y a veces repulsivo es su risa algo sardónica.

Esa forma de reír a carcajadas lacerantes, inoportunas y en forma espasmódica lo convierten en un ser digno de cuidado, sin embargo hay un momento clave en su vida, aquel en el que su monstruo interior comienza a brotar y ya nada será igual sino más bien infernal.

En verdad en esa Ciudad Gótica que no es otra que la Nueva York de la década del 70 pre Rudy Giuliani, puede confundirse con un sinfín de personajes que parecen salidos de la cloaca, de esas tapas caladas por donde se escabulle humo, el mismo que decoró "Taxi Driver".

El Guasón, como él mismo se bautiza, tiene como sueño ser un standapero estilo Lenny Bruce, un 'rey de la comedia' bizarro, e imagina alguna vez como invitado de late show del paradigmatico Murray Franklin, a quien imagina como ese padre que nunca conoció.

De nada vale explicar psicológicamente a un personaje como éste desde un punto de vista cinematográfico porque para eso están los psicólogos que podrían tener reflexiones más certeras que las de un crítico, pero si es necesario hacerlo desde la funcionalidad que tiene para que el lenguaje del cine sorprenda.

Y así Todd Phillips, un cineasta adocenado en comedias efectivas (cero creatividad) saca partido de la locura y cinefilia de los guionistas, donde se mezclan una infinidad de homenajes para nada pretenciosos que finalmente estallan, salpicando con sangre al espectador y a su balde con pochoclo.

Philips transita con total parsimonia por ese mundo deleznable de una ciudad sucia y corrupta, el filo del conflicto social que, de alguna forma, su personaje desata ayudado por su look de payaso afectado por Tourette, enmascarado con una grasosa pasta blanca que cubre sus muecas y miradas torvas.

Esa Ciudad Gótica -o Nueva York renombrada- funciona como olla en donde se cuecen todas las miserias humanas, desde las visibles a esas otras que operan como una infección en las nervaduras subterráneas y que, finalmente, terminan abiertas, supurando lo peor.

Los homenajes son múltiples y probablemente como "Psicosis" (1960), y "El incidente" (1967), obra maestras de Alfred Hitchcock y Larry Peerce, y siguen con Martín Scorsese, el de "¿Quién golpea a mi puerta?" (1967), "Taxi Driver" (1972); "El rey de la comedia" (1982), y "Pandillas de Nueva York" (2002)

Y hay más, desde los "malchicos" de "Naranja mecánica" (1971), de Stanley Kubrick, las de payasos siniestros varios y el look del de "No tengo cambio" (1990), de Bill Murray y Howard Franklin, hasta el Hannibal Lecter de "El silencio de los inocentes" (1991), de Jonathan Denme, entre muchas otras.

"Guasón" sale a demoler el esquema de héroe-antihéroe, para ubicar a este personaje "diferente" casi como un producto de esos otros seres humanos que se suponen "normales", y lo hace al mismo tiempo que construye un relato cinematográfico impecable

Todo en esta producción es abrumador, desde las composiciones de Joaquin Phoenix en el punto culminante de su carrera, o Robert De Niro, hasta la recreación de la decadencia urbana precisa, que destila olor a mugre, ese que si bien no se puede degustar en la sala, esta en la pantalla y siente.