12 jul. 2008

Cozarinsky y Ronda nocturna


Edgardo Cozarinsky comenzó su carrera como periodista de cine y escritor, al mismo tiempo que intentaba hacer cine en tiempos en que recién se venía de la revolución cahierista que significó la “nouvelle vague” y que aquí todavía daba señales de vida la Generación del 60. En 1959, con el crítico Alberto Tabbia, fundó la revista “Flashback”, escribió en Primera Plana, y dirigió “...”, que fue prohibida por la censura. Desilusionado, se fue a París, y se quedó. Por tres décadas hizo su cine, aplaudido por la crítica, principalmente la europea y, de vez en cuando, se dio el gusto de volver para hacer cine también aquí. El autor de obras como Guerreros y cautivas, Boulevard del crepúsculo y El violín de Rotschild, entre otras, parece dispuesto a quedarse en la Argentina esta vez para siempre.
Tras pasar por varias muestras internacionales, incluso el Bafici, Cine Ojo y Les Films d’Ici estrenaron Ronda nocturna, en Buenos Aires. la ciudad donde fue rodada.

La historia tiene como figura principal a Víctor, un veinteañero marginal, que la noche que la madrugada de un 2 de noviembre, se encuentra con la cara anversa de la moneda de su vida.
Para los personajes principales, Cozarinsky eligió a Gonzalo Heredia, Rafael Ferro y Moro Anghileri.
-¿Por qué Buenos Aires de noche y lo que parecía muerto que vuelve?
-A mi los muertos me importan mucho. Yo vivo con los míos, tengo una relación asidua y amistosa con ellos. No es una relación nostálgica, mucho menos melancólica, que son sentimientos que no me gustan. Los que se fueron en realidad están, de alguna forma, a mi lado cada vez que los recuerdo. Siento que los muertos y los vivos no están tan separados como yo tenía la impresión . tenía la sensación de que mucha gente de la que camina, vaga por las calles de noche, tiene algo de fantasmal. Por eso se me ocurrió esta idea de noche muy especial, donde los muertos vuelven para recuperar a los que quisieron, no como una cosa maligna, sino por amor los quieren matar para llevárselos al otro mundo, la paradoja de matar por amor. Siempre sentí que en el amor pasional hay una pulsión asesina, el apoderarse, dominar... de ahí nació esta historia de amor fantástica, contradictoria y para nada lineal. Una historia fantástica en un marco realista, incluso áspero, el de la noche de los cartoneros y la basura.
-¿Una historia sin buenos ni malos?
-No me gustan los personajes unívocos, definidos por un solo sentimiento.
-¿Qué tan real o fantástica ves a Buenos Aires, treinta años después?
-Como en toda gran ciudad uno ve fantasmagorias. Hay gente que vive de día y otra de noche, que es muy distinta. La noche es el negativo del mundo del día, no hablo de la noche banal, de los boliches, sino la de los que hacen su vida de noche. Hay una nocturnidad, como en la poesía y la literatura romántica, con sus himnos a la noche, cuando la sensibilidad percibe cosas que no descubre durante el día, que está contradictoriamente adormecida. Hay una cierta normalidad nocturna que incluso exime de culpa a sus protagonistas. Por eso me despreocupé por seguir un trazado políticamente correcto o el decoro. He perdido el miedo al ridículo y al qué dirán. A esta altura de mi vida me siento más allá del bien y del mal.
-¿Cómo fondo una singular inclusión del mundo de los cartoneros...?
-Cuando uno va caminando por una calle no va mirando lo que tiene alrededor en general: va hacia un lugar. Cuando ponés la cámara, la cámara corta, encuadra dentro de la panorámica que permite el ojo humano, y no podés dejar de ver lo que cayó dentro, y te muestra cartoneros y bolsas de basura en todas las esquinas. Un espectador del Bafici dijo “es la eterna historia que de afuera nos ven mal”. Como yo he tenido la suerte, o la desgracia, de vivir treinta años en francia, me dicen este tipo de cosas. No es que me irrite, me parece gracioso la facilidad de la respuesta. Hay como una insensibilidad cinematográfica en el recorte que hace la gente cuando ve estas cosas. Es casi imposible no ver cartoneros y basura en las calles
-Será que tu ausencia te da la posibilidad de “otra mirada”, igual a al de algunos cineastas extranjeros que filman aquí?
-Cuando hace cinco años vi “Happy Together”, de Won Kar-Wai, me dije, caramba, aquí hay una Buenos Aires que no vi en ninguna película argentina, que ningún cineasta argentino me mostró. No es una Buenos Aires falsa sino una que reconozco en la pantalla. Creo que tiene que ver con el acostumbramiento. El cine tendría que ser una especie de droga que te despierta y que te hace mirar lo que habitualmente no ves. Mucha gente esta acostumbrada a ver lo que cree tiene que ver. El lirismo con el que Won Kar Wai registra el Dock Sud, no es realista ni de denuncia, cosas de otra época, sino un cine ficcional que descubre ese otro lado de la realidad que a mi me interesa. Me gusta filmar en los lugares que te permiten soñar, imaginar. Me gusta mucho esta ciudad, me siento muy en casa y seguramente el hecho de vivir muchos años afuera me sensibilizó frente a un lugar que tiene mis recuerdos de infancia y juventud y por el otro esta efervescencia extraordinaria, que a pesar de la crisis y problemas sociales que conocemos de memoria, es de las que tienen más energía de las que conozco. Cuando mis amigos me dicen cómo me gusta una ciudad con gente durmiendo en la calle les aclaro que los veo, pero menos que en Nueva York. Hay cuestiones sociales que no son privativas nuestras, lo que si es de aquí es la brutalidad de los contrastes: sin grises. Hay desolación pero también muchos recuerdos, pasiones y lo que yo llamo fruición de vida.

Claudio D. Minghetti

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