20 abr. 2015

BAFICI, COMPETENCIA OFICIAL ARGENTINA, "MIRAMAR" Y "CUERPO DE LETRA"

La competencia oficial argentina entró en su segunda mitad, y lo hizo con una ficción y un documental, por un lado la cordobesa “Miramar”, del debutante Fernando Sarquis, por el otro “Cuerpo de letra”, segundo documental de Julian D'Angiolillo.
En una hostería familiar a orillas de laguna de Mar Chiquita en que se encuentra la localidad bautizada como Miramar, en la que Sofia sueña con ganar una beca que le permitirá estudiar arte en Buenos Aires y dejar, finalmente, atrás ese lugar desolado.
Mientras su padre se recupera, internado, de una descompostura por estrés, su madre también atravesada por la tensión opresiva del lugar, se angustia por la noticia y al mismo tiempo entrena a una empleada que reemplazará la joven como asistente.
En coincidencia, llega al lugar y aparentemente para quedarse, un joven enigmático, con una cámara de video, que entabla un vínculo con Sofía, sin aclarar en principio qué es lo que motiva su presencia allí, como huyendo de algo que lo atormenta.
No hay más que eso, y ese es el principal problema de Sarquís porque no es suficiente contar con actores que se desempeñan más o menos correctamente, una cámara prolija, aunque no demasiado creativa que incluye horizontes crepusculares muy de postal.
Hay mucha referencia al agua del lugar, que alguna vez cubrió gran parte de la zona, incluso algunos apuntes en el guión que no aportan demasiado al rigor dramático de las angustias del cuarteto protagonista, incluso al personaje de Sofía.
El otro filme presentado hoy fue “Cuerpo de letra”, de Julián D'Angiolillo, recordado por su sobresaliente documental “Hacerme feriante”, que hace cinco años describía la actividad comercial nocturna en la feria de ex balneario, en Lomas de Zamora.
En esta nueva incursión en el género, D'Angiolillo sigue a un puñado de pintores que, aerosoles o brocha gorda en mano, estampan los nombres de políticos en campaña para distintos cargos en paredones de autopistas en zonas suburbanas.
D'Angiolillo los filma cubriendo con una fina capa de agua con cal pintadas anteriores, y poco después, nuevas tipografías con otros nombres y apellidos, que como se suele trabajar con los que se arrepienten de tatuajes, ocultan las anteriores con nuevos.
Hasta aquí interesante, y también llamativas las reuniones de las cuadrillas con los punteros políticos, no importa de qué partidos, en las que se discute el contenido de dichas pintadas, la disputa de zonas, la actividad furtiva por la noche, a la vera de la autopista.
Sin embargo nada es observado con ojo analítico, y todo queda como una suma de anécdotas apropósito de estos muchachos que, además, hacen otras intervenciones publicitarias bizarras, y hasta tocan bailanta en bolichones bonaerenses de poca monta.
El primer registro de esa actividad que habitualmente no tiene testigos, puede llamar la atención, pero la segunda, la tercera, y la cuarta vez, cansa; la aparición de punteros no cumple fin alguno, la tensión que genera la disputa de un murallón no es efectiva.
No debe ser fácil intentar hacer un registro de esta actividad clandestina, por un sinfín de motivos, algo que aporta valor al trabajo de D'Angiolillo, de allí que no se entiende el porque de una falta de elaboración de la idea que permita al espectador, alguna otra reflexión.
Los documentales valen no solo por el tema o el o los personajes a exponer, sino a la narración, porque de eso se trata el cine, pero también a un guión que le de un poco de sentido ambas cosas, algo que por lo visto, en este caso no fue del todo cuidado.

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