19 ene. 2010

La cuestión de los festivales

¿A quienes les importan los festivales?
Primero uno o dos, finalmente cientos. Se concretan año tras año, miles de muestras, semanas, festivalitos, festivales o festivalones, mercados e infinidad de eventos que tienen que ver con el cine. ¿Es el cine industrial el culpable de todo este exceso? En buena medida si.
Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe, dice la frase ya en desuso, usada por nuestros abuelos. Principio de Arquímedes o algo así.
Es importante reconocer que el primer festival del que se tenga memoria, el de Venecia, fue producto de una necesidad política y frívola nada menos que de Benito Mussolini, antecedente concreto del Berlusconi de hoy, un italiano soberbio y demagogo, demente y procaz sin límite cual padre de la horda primitiva que con la excusa de mezclar arte con luces de varieté impulsó lo que se conoce como el espectáculo juzgado no solo por un grupo de elegidos sino por una masa de público que ayudase a consolidar el negocio y oficiara, a la vez, como propaganda.
La comercialización de cine a través de salas independientes, más tarde a través de circuitos propios de cada país, a consecuencia del deterioro del tiempo insustentables, quebrados y demolidos por sus grandes e inútiles dimensiones (la competencia de otros medios que se fueron incorporando cada vez con mayor calidad, léase video, cable, DVD. Blue Ray, Internet, etc.), nacieron los complejos multisalas, en su gran mayoría instalados en centros comerciales sin acceso visual al exterior que, por sus características solo pueden estar manejados nuevamente por circuitos internacionales…
Caso curioso el del cine: cuando nació y comenzó a generar monopolios de producción, distribución y exhibición dentro de los Estados Unidos las leyes locales se les vinieron encima. Como en casa no se podía hacer, Hollywood y sus empresarios exteriorizaron los procedimientos ilegales habida cuenta de que en esos países las leyes nunca serían duras con ellos. Por lo contrario, cuando sus leyes les convienen (por ejemplos las de derecho de autor) impulsaron medidas judiciales trasnacionales, intentando aplicarlas no obstante su extraterritorialidad.
Estas presiones que motivaron en algunos países (como en la Argentina) medidas de protección a la incipiente industria local, venida a menos además por distintas circunstancias políticas y económicas graves) generaron resentimiento en una cantidad de artistas a los que les era imposible acceder a esos ámbitos en que sus obras pueden ser reconocidas por algún público.
Mientras los medios alternativos crecían –y lo siguen haciendo- entre las nuevas generaciones, todas estas semanas, muestras y festivales se fueron convirtiendo en nuevos circuitos de exhibición, en donde en calidad (no siempre) pero si en cantidad, podía conocerse ese otro cine que difícilmente pueda volverse a ver en salas y en sus formatos originales. La variable de los premios se convierte cada vez más en secundaria.
Los jurados de los festivales comienzan a repetirse. Hay directores, actores y críticos que se han convertido en figuritas repetidas de los buenos, regulares y flojos festivales que se dan aquí y allí. Algunos recuerdan a los que se conforman en programas como Showmatch o American Idol y es así que, salvo para la polémica, los premios en general han dejado de tener un peso gravitacional en el éxito o fracaso de una película.
Es más: la abundancia de festivales y la cada vez más escueta o diluida presencia en los medios de comunicación, en especial en los de papel, de la información acerca de estos encuentros están pegando una vuelta de hoja a la historia.
Un festival que no sea Cannes, Berlín o Venecia, es como una revista de tirada media perdida en un gran kiosco, en el que abundan desde docenas de DVDs, revistas de cocina y dietas, libros, o simplemente panfletos pornográficos. Un auténtico cambalache.
¿Qué clase de premio es para una película el ser incluida en la programación de un festival?
Todo está en relación directa con el contexto. Si el resto de la programación vale realmente la pena, la película elegida se destacará. Pero la mayoría de las veces eso es muy difícil de descubrir desde afuera. Los programadores de los festivales de todo el mundo son básicamente fetichistas, miembros de una elite que puede hacer lo que muchos cinéfilos no pueden. Las extensísimas listas que conforman algunos festivales son prueba de esa curiosa –egoísta- forma de ser. “Nosotros podemos verlas, vos no” parecen refregarnos aquellos que tienen todo un año a sueldo para ver película y charlar acerca de ellas entre amigos y encima les pagan para hacerlo. Hay de todo.
El achique internacional después de la crisis de finales de 2008 hace que la mayoría de estos festivales se achiquen. Solo un puñado de cuatro o cinco de los que ya son clásicos imbatibles pueden disimular los embates de la crisis, pero aún así también reflejan presupuestos que cada vez alcanzan para menos. La crisis en España determinó que su tradicional San Sebastian fuese más acotado y que el inminente de Málaga también afinara el lápiz. Aquí Mar del Plata, más allá de su propia –y eterna- problemática, hizo gala de extrema austeridad.
Berlín, Cannes, Venecia y Toronto disimularon el golpe económico durante 2009 porque la producción que pudieron exhibir era la correspondiente a 2007. Pero ¿que ocurrirá en este 2010, en el cual se verá la producción del primer año de la última gran crisis que parece haber llegado para quedarse, y por mucho tiempo?
Berlín toma la posta, al arrancar el año calendario de muestras clase “A”.
No parece, por ahora, amenazar con grandes títulos, no obstante todavía faltan 20 –de un total de 26- afectados a su competencia oficial.
El resto, en muchos de los casos, parece más de lo mismo, revistas de todo tipo perdidas en un gran kiosco.
Argentina solo aparece, por ahora, con tres títulos: uno, en Forum, El recuento de los daños, de Inés de Oliveira Cézar, dos en Panorama, es Por tu culpa, segunda película de Anahi Berneri, con Erica Rivas, el tercero, que irá en la sección Generación 14plus es Te extraño, de Fabián Hofman (recordado por sus cortos y la fotografía de Montoneros, una historia) una coproducción con México y Uruguay, que como la anterior tendrá en Berlín su premiere mundial.

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