1 feb. 2010

Adiós Tomás Eloy

Quienes lo conocieron en su juventud, dicen, era muy pintón y aclaran que no había mujer que no cayera rendida en sus brazos. En aquellos tiempos, más precisamente en 1958, cuando la Asociación de Cronistas Cinematográficos inauguraba la sede que todavía hoy posee, con microcine incluído, en la calle Maipú al 500, muy cerquita de donde ahora funciona Radio Nacional, Tomás Eloy Martínez se acercó a la secretaría llevando su solicitud para incorporarse. El joven tucumano de 24 años escribía críticas de cine nada menos que en el diario La Nación hacía ya un año. Al mismo tiempo, en la entidad se planeaba la realización del primer Festival de Mar del Plata competitivo, y Tomás se unió a la partida fundacional, como encargado del boletín. Entre aquel 1958 y 1961, quien años más tarde se convertiría en una pluma respetada en todo el mundo, verdaderamente independiente y por eso mismo criticado desde un extremo y otro de la política local, escribió críticas de cine en el diario que por entonces todavía llevaba la marca de Bartolomé Mitre en el orillo. Su tarea no fue nada fácil. Cuentan que al tiempo que su libertad de juicios ponía en jaque a algunos avisadores de los importantes, le empresa decidió que era tiempo de darle un nuevo destino ¿periodístico?, enviándolo a "movimiento marítimo". El hecho forzó al joven todavía en formación a tomar una decisión. Quizás fue la mejor que podía tomar, y asi su rumbo cambió por el de la política, que habría de obsesionarlo de diversas formas, tanto desde el ensayo y la investigación como desde la novela.
El problema es que las críticas de entonces no llevaban firma y, es probable, dificilmente se puedan rescatar para enterarnos qué era lo que escribía y cómo lo hacía.Hay una verdad que él mismo reconoció cuando la entidad de los críticos le entregó un Cóndor de Plata como socio honorario, en 2008, al cumplirse exactamente cincuenta años de su incorporación: que su maestro había sido el uruguayo Homero Alsina Thevenet, aquel señor de temperamento bastante fuerte, irónico pero tan rico en cuanto a conocimiento de cine que era imposible no aprender estando a su lado. En realidad, Tomás Eloy lo seguía, como muchos cinéfilos argentinos de entonces, porque era uno de los dos críticos uruguayos (el otro era Emir Rodríguez Monegal) que por ejemplo había descubierto a Ingmar Bergman antes de que el resto del mundo lo hiciera.
Tras esa experiencia como cronista de cine,y la publicación del ensayo Estructuras del cine argentino,en 1961, incursionó en la industria como guionista, casi sin excepción junto a Augusto Roa Bastos, primero para Daniel Cherniavsky, en El último piso y El terrorista,las dos de 1962 más tardeen 1964, en El demonio en la sangre, de René Mugica y finalmente en La madre María, de Lucas Demare, en 1974, poco antes de emprender el exilio.
Martínez no volvió a escribir críticas. Sin embargo, de vez en cuando en sus artículos, deslizaba alguna acotación cinematográfica, tal como ocurrió, por ejemplo, apropósito del estreno de JFK, en Página/12, denostando a Oliver Stone por su insistente especulación apropósito de las teorías conspirativas.
Tomás Eloy Martínez trabajo en TV, en Telenoche y en otros programas periodísticos de la pantalla chica, incluso codo a codo con el mítico José de Zer. pasó por diversas redacciones -Panorama, Primera Plana, el diario La Opinión- antes de emprender el exilio, producto de sus muchos trabajos, entre ellos su larga entrevista a Juan Domingo Perón y los que hizo acerca de los fusilamientos de reclusos militantes de organizaciones armadas, en una base aeronáutica de Trelew, entre muchos otros, que lo llevó a vivir durante un largo periodo en Caracas, bastante antes de convertirse en catedrático en los Estados Unidos, ser a la distancia el creador del suplemento cultural del diario Página/12, que editaba vía fax (todavía no existía internet)y finalmente convertirse en columnista tanto de The New York Times, como de El País, de Madrid, o La Nación de Buenos Aires, en donde fue el elegido para conducir el proyecto ADN, que finalmente dejó de lado, en tanto que avanzaba su enfermedad.
A Tomás Eloy Martínez es preferible recordarlo vital, como a pesar de su enfermedad se lo vió aquella noche de los Cóndores, detrás del escenario montado en el Estudio Mayor de Canal 7, donde confesó a este periodista estar nervioso, porque debía hablar en público acerca de un momento de su carrera que recordaba con mucho cariño. Lo vi, ahí, con los papeles entre sus manos, varias carillas que leyó, algo inquieto, a pesar de que en un momento (suele ocurrirnos a quienes estamos acostumbrados a que nos lean y no a leer menos lo propio delante de tanta gente y de cámaras)se le mezclaron las hojas. En realidad Tomás Eloy era catedrático y de hecho hablaba frente a público con frecuencia. Sin embargo, su discurso de esa noche en realidad sonó a despedida.
Gracias Tomás por tu obra, y en lo personal, gracias por ese intercambio de ideas por los pasillos de la redacción de Página/12 en la calle Belgrano, hace casi veinte años, o la sonrisa al reencontrarme en el quinto piso de la calle Bouchard, cuando estabas, todavía, manejando aquella propuesta que finalmente no se dió. Ah, y gracias por esos minutos inolvidables en bambalinas aquel 15 de septiembre de 2008, antes de llevarte tu Cóndor.

Esto es lo que Tomás Eloy Martínez dijo aquella noche:


Buenas noches, muchas gracias, yo soy una especie de fantasma del pasado y por lo tanto voy a hablar del pasado. Quiero recordar los años en que empecé como crítico profesional de cine en el Diario La Nación y quiero recordar la enorme, la increíble efervescencia y pasión que poníamos todos nosotros en la búsqueda de las grandes películas, en el hallazgo de lo mejor que nos traía el cine. En unas épocas en las que, perseguir una película, requería irse hasta extramuros y buscar funciones de matiné o de la noche para reencontrarse con el último Orson Welles, con el Fellini que se nos había quedado en el camino, con el Stanley Kubrick desde The Killing o The Killer's Kiss que también se nos había quedado en el camino, con el Dreyer que habíamos olvidado, de Ordet y Vampiro y las grandes películas de aquél tiempo. Fellini, Antonioni, Bergman, eran tiempos de una efervescencia increíble y de larguísimas colas en el cine Lorraine para ver los ciclos completos. Ahora todo ese pasado puede recuperarse fácilmente en los Dvds o en los videos y podemos ver nuestras películas favoritas una, dos, tres veces, o todas las que hagan falta.
En ese mundo crecimos, sobre todo con una fervorosa defensa de algo que descubríamos y que era el nacimiento y el crecimiento de un extraordinario cine argentino, con una voz propia y un lenguaje muy personal. Con figuras jóvenes que nos daban lecciones de lo que había que hacer para crecer en todos los ámbitos de las artes, tanto en la escritura del relato, como en la escritura de la crónica, como en el documento. Recuerdo a David José Kohon, a Rodolfo Kuhn, a los grandes maestros como Fernando Ayala y Leopoldo Torre Nilsson, a los jóvenes que entonces emprendían un camino nuevo, del que todos aprendíamos. El cine argentino era para nosotros entonces una especie de voz sacramental por el que éramos capaces de jugarnos la vida y allí íbamos como predicadores de ese evangelio nuevo por Salta, Tucumán, Córdoba, por Santiago del Estero, a reuniones de debate donde se juntaban inmensas multitudes. En verdad, lo que quiero evocar son unos pocos nombres de aquél tiempo, de los que fueron mis maestros: Raimundo Calcagño (Calki), Rolando Fustiñana (Roland), fundador de la Cinemateca Argentina y del Club Gente de Cine, quienes me encomendaron que en vez de leer cualquier tipo de críticas me dedicase a leer... yo gastaba todo mi salario en comprar Cahiers du Cinéma, Sight & Sound, Bianco e Nero la revista de Guido Aristarco, y aprendí muchísimo... pero de quien más aprendí es de aquél que me recomendaron Roland y Calki cuando me dijeron: "tenés que leer a Homero Alsina Thevenet". Y fue a Homero en quien abrevé, a quién leí cuando escribí mis primeras críticas para La Nación de Buenos Aires. Los diarios uruguayos llegaban a las tres de la tarde a un kiosco de la esquina de Corrientes y Maipú, y se agotaban a eso de las tres y media. Nunca olvidaré el estado de absoluto deslumbramiento con que me acerqué al primero de los textos que Homero firmaba invariablemente con sus iniciales, HAT, sombrero en inglés. Era una presentación breve de La signora senza camelie, la película que Michelangelo Antonioni había dirigido en 1953 y que aún no se conocía en Buenos Aires. En cada línea había un dato, una ubicación de la obra en el contexto del nuevo cine italiano y un análisis minucioso de sus aportes visuales y dramáticos. Nunca aprendí tanto, en un artículo tan breve como en ese de Homero Alsina y pocas veces en la vida se me volvió tan transparente el horizonte de lo que yo ignoraba. Desde entonces me convertí en un adicto a sus críticas. Salía a las tres menos cinco de las salas de estreno de Buenos Aires que entonces quedaban a pocos pasos en el extremo este de la calle Lavalle.
Cuando conocí por fin a Homero en el Festival de Punta del Este, a fines del verano siguiente, me sentí amedrentado por sus filosos comentarios verbales y por su erudición inagotable. En la antigua Asociación de Cronistas, en los años sesenta, en cuyo microcine veíamos las películas antes de que se estrenaran, los más eruditos de la profesión decían: "quién es el vestuarista de esta película", "quién escribió este diálogo", "quien puso este decorado", y acertaban todo con una memoria prodigiosa, envidiable, que yo era incapaz de alcanzar.
Merezco entonces la honrosa gratificación de este Cóndor que se me entrega esta noche, mucho menos que alguno de los grandes que preferiría evocar: el "Negro" Sammaritano, por ejemplo, que murió hace tres días para que con él se apagara también una época de oro. Otro grande es quien fue mi maestro en el arte de ver cine, porque ver cine es un arte, Homero Alsina. Soy sobreviviente entonces de una época en la que el espectador y el crítico de cine no eran lo que es hoy y en la que estar a solas en una sala con el talento y la imaginación de un gran maestro, de un gran realizador, de grandes actores, de grandes guionistas, era un privilegio incomparable. Ver cine era una especie de acto ritual, sacramental, que cumplíamos en silencio, en la soledad de una gran sala donde sólo estábamos rodeados por el aura de aquél magisterio que nos llegaba desde la pantalla.
Dejo entonces constancia de esa efervescencia y me sentiría incómodo con mi conciencia entonces si no dejara este premio que ustedes tienen la generosidad de entregarme, junto con una foto de Homero Alsina que hay en mi escritorio, a la que voy a agregar una del "Negro" Sammaritano. Ellos lo merecen más que yo, así como el cine argentino debe al rigor de ambos, a la tenacidad de ambos, a la inteligencia libre de los dos, mucha de la fuerza que ahora tiene en el mundo. Y que va a perdurar porque, tengamos confianza como teníamos en los sesenta, de que tenemos un gran cine por delante. Tenemos una inmensa inteligencia, un inmenso talento creador, y es eso lo que debemos alimentar a partir de la reflexión, del rigor, del apoyo que desde el periodismo y la creación podemos darle. Gracias una vez más.

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