20 may. 2009

Lo mejor de Postiglione

Días de mayo (Argentina/2009) Guión y dirección: Gustavo Postiglione. Fotografía: Héctor Molina. Música: Iván Tarabelli, Antonio Birabent, Lito Nebbia. Con Agustina Guirado, Santiago Dejesús, Carla Hulten, Juan Nemirovsky, Carlos Resta, Dario Grandinetti. Blanco y negro. 104 min.

Mucha gente de cine observa que Gustavo Postiglione es desparejo. Puede que así sea, sin embargo y por mérito propio, ha logrado ocupar un lugar privilegiado entre los cineastas independientes argentino. En primer lugar es el único del interior del país, de una plaza con gran producción cultural como Rosario (en la provincia de Santa fe), de la que se ha convertido en el primer director en tener una obra conformada por una docena de trabajos, la mayoría para cine, algunos para TV. A sus primeras experiencias que con mucha audacia, proponían historias contadas cámara en mano y en planos que se extendían mucho más de lo que estaban acostumbrados los ojos de los espectadores argentinos, siguieron otras más sosegadas, aunque no por eso menos audaces. La ambiciosa La peli, presentada en el Festival de Mar del Plata de hace casi tres años,había nacido de una buen punto de partida: un mismo personaje, que en distintas etapas de su vida experimentaba cambios en su forma de observar el mundo y en consecuencia insertarse en él, interpretado por tres actores diferentes, de muy diferentes edades y en un orden que obedecia más a su interior que a su exterior. No le fue bien, a pesar de sus muy buenos momentos, en especial los del episodio final, con un Darío Grandinetti que alcanzaba uno de los mejores momentos de su carrera.

Tras aquel bajón, Postiglione se propuso mirar sus desaciertos en el espejo para no volverlos a cometer, criticarse y sacar nuevas conclusiones para seguir adelante. De esa decisión madura nació la idea de esta apuesta por viajar al pasado, a cuando él mismo recien comenzaba la escuela primaria y en las calles de la ciudad empezaba a tronar un escarmiento histórico a la dictadura de la mal llamada Revolución Argentina, como el recién tres décadas después, curiosamente en democracia, volvería a sonar esta vez en todo el país.

Postiglione no eligió ni la denuncia ni el panfleto, tampoco discursos altisonantes, sino una simple historia romántica, la de una estudiante de teatro que ensaya una puesta de Chejov y la de un camarógrafo y fotógrafo free lance que, con sus cámaras registra aquel final de la década del 6o y el comienzo de un tiempo de violencia que, en mayor o menor medida, signaría la vida nacional por casi dos décadas.
Para hacerlo buscó sacar partido de dos o tres ejes. El primero es la puesta en escena. Para conseguir recrear aquellos años era necesario crear el clima escenográfico y mental, en el que este grupo humano debía desenvolverse.
Por un lado los estudiantes, con sus vericuetos intelectuales, contradicciones típicas en la burguesía de donde provienen, discursos altisonantes donde suenan nombres como Marx, Marcuse, Perón y Evita (a pesar ser "innombrables") y términos como comunismo y capitalismo, dictadura y represión, con música amenazadoramente rock o de protesta, que la había, cada vez que algún combatiente tomaba una guitarra.
Claro, tomar la guitarra era "peligroso" en un sentido pero, hay que aceptar que arrojar una bomba molotov o empuñar un revólver era, sin lugar a dudas, aceptar que la única forma de cambio podía llegar por la "acción directa".
La protagonista de esta película cree en los ideales clásicos, en la posibilidad de un mundo mejor y está convencida que esos días de mayo pueden darse esos cambios. Rosario no es el París de un año antes, cuando los estudiantes liderados por Daniel Cohn Bendit salieron a decirle basta a Charles De Gaulle y a su política conservadora-retrógada. Sartre estaba copando a los jóvenes que, en los claustros universitarios pensaban que desde allí podía darse el cambio que la clase trabajadora venía postergando. En Rosario, como también en Buenos Aires y en muchos otros lugares de la Argentina, mucha gente estaba cansada. A algunos les costaba más expresarlo, a otros les parecía necesario hacerlo en las calles a pesar de las tanquetas y la movilización militar para reprimirlos. Eso es lo que aparece como fonde de Días de mayo. Por delante está la historia de amor, la de esta chica por el camarógrafo que a su vez piensa que las imágenes que registra pueden cambiar al mundo y la de quienes los rodean, sus amigos más o menos combativos, los padres de ella, conservadores y amigos, incluso, de quienes con uniforme salen a las calles para apagar el fuego de quienes estaban en contra de las reglas de una sociedad que, a decir verdad, comenzaba a cabecear, pero que a través de sus referentes más reaccionarios terminaría en una oscuridad bañada de sangre.
Postiglione reconstruye aquella cosa gráfica tan difícil de recrear a pesar de su proximidad, hasta en el más mínimo detalle. Su cámara, incluso, encuadra como la de algunos cineastas de aquellos tiempos, sean los auténticos de la nouvelle vague -Godard, Truffaut-, sus vecinos de estilo -Antonioni- y hasta los del cinema novo -Rocha-, incluso en la forma de mover la cámara que esta vez elude cualquier tipo de suciedad (hasta en las escenas de manifestaciones y represión)y por lo contrario se mueve en forma precisa por caminos complejos (una secuencia inicial sobre un puente, otra en un bar, que comienza con un encuadre cenital).
Hay momentos en los que uno cree estar reviviendo (tal es mi caso) los años 70. El recital a Dante y la llegada de la policía, las fiestas más o menos caseras, en departamentos en los que abundaba un determinado tipo de escenografía, con afiches de películas o abundancia de vinilos de 33 rpm., en los que podían escucharse la música pop de entonces y grupos de moda, tal el caso de Los Gatos y como en este caso el emblemático Lito Nebbia. Todo en estos aspectos fue cuidado por Postiglione y su equipo, y se nota.

Los mismo ocurre con los actores elegidos para cada papel. Agustina Guirado, aporta, además de su sensualidad, el look de chica de clase media que trata de romper con la idelogía familiar que la atormenta. La cámara de Postiglione la muestra en una par de secuencias reaccionando como le gustaría frente a su las formas y decisiones de su padre y como en realidad termina rematando la situación. "La revolución llega hasta aquí" parece decirnos Postiglione respecto a la actitud que muchos jóvenes de entonces tuvieron antes de que otros, salieran a tomar el toro por las astas sin medir las consecuencias. El otro actor comprometido por las características de su papel es Santiago Dejesús, como ese muchacho también con ideales que opta por partir lejos antes de comprometer a la chica que quiere y, llegado el caso, a él mismo. Hay alrededor de ellos otros muy buenos desempeños. Los de Carlen Hulten y Juan Nemirovsky, el de Antonio Birabent y obviamente los de Carlos Resta y Dario Grandinetti, en el punto justo. Un reconocimiento muy especial al trabajo del director de fotografía de Héctor Molina y por si no quedó en claro a los responsables de arte, Guillermo Haddad y Ana Julia Manaker, así xcomo a todo el equipo técnico.
Días de mayo se convierte así en uno de los destacables estrenos de este año en lo que a cine argentino se refiere, junto a los de Pablo Fendrik y a algunas de las propuestas vistas en el Bafici. Una demostración de que Postiglione ha alcanzado una madurez digna de elogio.

Claudio D. Minghetti

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