15 may. 2009

El sueño de los sueños


En “Buñuel y la mesa del rey Salomon”, Carlos Saura sueña a través del cineasta aragonés, una aventura imposible en la que también participan Salvador Dalí y Federico García Lorca.


Al filo del nuevo siglo, Carlos Saura se propuso homenajear a su amigo y paisano Luis Buñuel, con el mejor regalo que un director puede ofrecer, su propia obra, una película de ficción en la que Buñuel es protagonista. “Sería absurdo hacer una biografía, por eso, nos metemos en su cabeza y recorremos los caminos de su imaginación, donde vive una aventura extraordinaria junto a Dalí y García Lorca en el submundo de Toledo, en busca de la mítica mesa del rey Salomón, disputada por judíos cristianos y musulmanes durante siglos”, asegura Saura.
“Buñuel está presente a través de dos personajes interpuestos: Buñuel viejo, interpretado por el Gran Wyoming, el joven, por Pere Arquillué, un desdoblamiento que permite un juego más personal y libre sin tener que sujetarme a una biografía, huyendo la película histórica y académica, y permite inventar otros personajes y diálogos”, agrega el director. “Qué mejor que viajar a través del proceso de creación de Buñuel, por los rincones de su mente donde iba imaginando películas para, de esa forma, develar la verdadera identidad de tan genial artista”. Al hacerlo, Saura intenta mostrar ese otro orden que signó a los tres protagonistas.
En varios momentos de su filmografía, Saura experimentó la posibilidad de contar a través de lo fantástico ese costado de lo prohibido, de lo que no se dice aún no vedado en forma explícita, de lo que se calla porque la moral o la religión lo impiden. Fue Saura, el primero después de Buñuel, quién logro sacudir al cine de su país y a la censura con obras inobjetables pero, sin embargo, contundentes en cuanto a las instituciones que se habían convertido en símbolo del poder durante la interminable dictadura de Francisco Franco. Fue “La caza” la película que por primera vez se refirió a la Guerra Civil sin nombrarla, como la reunión de un grupo de amigos preparados para salir a cazar conejos que terminarán matándose los unos a los otros en colinas donde apenas dejarán rastros de su brutalidad. No es casual que el término “españa” signifique, “tierra de conejos”.
Esa singular fascinación por los espejos, y por la realidad del otro lado del espejo, o más bien observada desde el otro lado del espejo, con la singular deformación que la superficie del espejo puede imprimir a la imagen, es la que marca a fuego a “Buñuel y la mesa del rey Salomón”.
Es posible imaginar a los personajes del surrealismo que tan bien encarnaron Dalí, desde la pintura y Buñuel desde el cine, acompañados por el introvertido Federico García Lorca, como caminantes circulares y concéntricos, en sentidos diferentes, cada uno por una vereda y señalando al otro, cada uno diciendo “Tu, que vas por la vereda de enfrente”, y el espectador más allá, preguntándose cuál es en verdad la vereda de enfrente, si es que existe, más allá de cada punto de vista.
“Yo de niño temía que el espejo / me mostrara otra cara o una ciega / máscara impersonal que ocultaría / algo sin duda atroz. Temí asimismo / Que el silencioso tiempo del espejo / Se desviara del curso cotidiano / De la horas del hombre y hospedara / En su vago confín imaginario / Seres y formas y colores nuevos / (A nadie se lo dije: el niño es tímido) / Yo temo ahora que el espejo encierre / El verdadero rostro de mi alma / Lastimada de sombras y de culpas / El que Dios ve y acaso ven los hombres”, recita Borges en “Historia de la noche”.
El espejo como modelo estructural del relato, que tanto aparecen en “Ficciones” y en “El Aleph”, son parte del tejido intrínseco de “Buñuel y la mesa del rey Salomón”.
El mueble en cuestión, no es otro que un objeto con su cara superior espejada, en la que se pueden ver desde la primera hasta la última generación, el pasado, el presente y el futuro. Este “mueble mítico”, según palabras del enigmático productor Goldman, “codiciado por todas las religiones y capaz de desatar enfrentamientos sangrientos”, podría estar sepultado en los subsuelos de la milenaria Toledo. Y será en esas ruinas, subterráneas y circulares, donde Buñuel viejo se sueña joven y con sus amigos Dali y García Lorca, como improvisados arqueólogos estilo “La momia”, de Carl Freund, que sueñan construir un guión que tiene que ver, precisamente, con esa excusa mágica.
“Todo el mundo está dividido en dos partes de las cuales una es visible y la otra invisible. Aquello visible no es sino el reflejo de lo invisible”, decía Borges en “El Zahir”. Y en el film de Saura, lo visible es, precisamente, reflejo de aquello que jamás se conoció de los tres amigos que a finales de los años 20 soñaron juntos “Un perro andaluz”: el misterio. Por esos intrincados laberíntos minadas con representaciones fantásticas (desde la voz de en aquello de “Toma que te toma”, con eso del “meneito” que bailan dos monjas por los pasillos de un hotel, la profundidad de “Tristán e Isolda” hasta el anticuario moro, su sobrina enigmática, y el crítico de cine alucinado internado en un hospicio) fluyen referencias al cristianismo, al islamismo, a la magia, a la Cabala, al Golem y hasta a Lewis Carroll.
En ese preciso lugar es en el que Saura inscribe a Buñuel, en el centenario de su nacimiento, en Toledo, y más allá de toda referencia biográfica que se ajuste a la historia cronolóogica, ceñida a documentos o testimonios. Están presente la provocación prefabricada de Dalí y el drama pasional del autor de “La casa de Bernarda Alba” y “Yerma”.
“Solo el hombre en el umbral no está dentro ni fuera, sino entre dos mundos. A un lado y a otro, en un más acá y en un más allá, sin los precisos significados habituales de estas designaciones. Está en el límite del universo que es y el que no es, porque ya no es o porque aún no es. Todo es lo que es, pero además es otra cosa, lo que no es. Y ese es el misterio, para penetrar en el cual hace falta una clave ritual: la palabra de ese hombre en el umbral, capaz de ver de un lado y a otro. Es decir, la palabra de la iniciación. Este hombre en el umbral es Luis Buñuel, y esa palabra es su obra”, expresó acerca del director de “Un perro andaluz” y “El ángel exterminador” el crítico español Manuel Villegas López.
Buñuel era sordo, pero aseguraba que esa limitación le permitía escuchar ruidos angelicales, la música de las esferas que imaginaban los antiguos. Surrealista, como el ser español lo impone, como de alguna forma también lo fueron El Greco, Goya, Quevedo y Cervantes, padres de historias en las que conviven universos contrapuestos, la realidad y sus arcanos. Buñuel aparece en la obra de Saura parado en el umbral de todas las cosas, frente al más acá y al más allá, como un guardián. Por eso desde el principio se sabe como terminará la historia, que esos hombres serán conducidos hasta un lugar del que ya no se vuelve, en el que una vez superada la imagen monumental (de Golem) que tiene el robot-María de “Metrópolis”, guardia de aquella invención tan parecida al cine (como también lo es el Aleph) podrán cumplir su sueño entre sueños, ver aquel espejo de los tiempos cristalizado a ojos abiertos y cómo frente a semejante espectáculo, uno a uno irán despidiéndose, tironeados por su sinergía. Será Buñuel el último, testigo de las atrocidades del siglo, quien verá como se reproducen en un segundo todas las imágenes. Cuando Saura vuelve sobre su rostro aterrado, el cineasta comprende, finalmente, que ese es su último sueño porque accedió al misterio, y se pregunte “¿Y ahora donde estoy?, desafiando la estructura narrativa una vez más, porque cómo puede alguien que ya no es, preguntarse adónde está. Y al descubrir que el acceder a la verdad significa morir, se despide: “Adiós montes, adiós pájaros, adiós campos, adiós cielos y nubes, adiós mis amigos, adiós Toledo. Adiós”, con todo el significante que la palabra “adiós” contiene en el caso de Buñuel, quien se definía a sí mismo como “Ateo, gracias a Dios”.
Lo que había empezado como un sueño de Saura, acerca de Buñuel que sueña cómo podría ser su próxima película, terminó siendo devorada por la realidad fantástica y ese sueño donde todas las realidades se mezclan en un continuo, un sueño final del no se puede volver.
“No me gusta ir al cine –decía Buñuel-, pero amo al cine como medio para expresarme”. “Encuentro que no hay nada mejor para mostrarnos una realidad, que no tocamos todos los días con la mano”. Saura, el mismo de “Peppermint Frappe” y “Ana y los lobos”, acepta por enésima vez, ese desafío. Y dotado de la misma magia que el niño vestido de comunión (con un libro de oraciones en su mano) imaginado por Dalí (“Acabo de experimentar una súbita erección intelectual”, prologa su sueño) quien levanta la superficie del mar como si fuese una piel transparente, revela que detrás de la pantalla, tan cerca y tan lejos, los tres siguen vivos.


UN ORDEN MUY PARTICULAR

“Buñuel y la mesa del Rey Salomón” (idem, España, 2001) Guión y Dirección: Carlos Saura. Fotografía: José Luis López Linares. Con Gran Wyoming, Ernesto Alterio y otros (110’)

“Cada movimiento de una película cierra una puerta que ya no podrá abrirse, y abre otra por la cual, obligatoriamente, deberá pasar el relato, y eso por sendas cada vez más estrechas, hasta un desenlace fatal”, ha escrito el guionista –y en “Buñuel y la mesa del Rey Salomón” actor- Jean-Claude Carriére, un viejo amigo del cineasta con el que compartió la idea de “Ese oscuro objeto de deseo”
En la obra de Saura existe una complicidad entre los personajes y el espectador, pero es este el único que púede develar el misterio de lo que ocurre porque es el único, incluso más acá de Buñuel, que puede si se lo propone ver las estructuras superpuestas por las que discurre la trama.
Esa habilidad de Saura, la de forzar al espectador a ser testigo activo del misterio que plantea en sus relatos, es la que da a “Buñuel...” la posibilidad de ser analizada desde diferentes puntos de vista. Por un lado, el que implica descascarar el guión hasta reconocer los caminos por los que se está desarrollando la historia. Por otro, el vincular cada frase, cada situación, cada gesto, cada escenografía, con un momento clave en la vida, pasión, muerte y resurrección de la “trinidad” que conforman, precisamente, Buñuel, Dalí y García Lorca. Saura no “se las da” de nada. El desconocimiento de los personajes puede incidir a la hora de sacar conclusiones acerca de su película. Quienes no tiene idea de quienes fueron sus personajes principales, tomados prestados a la historia, tendrán la sensación de que solo se trata de una aventura fantástica inentendible, aburrida y pretenciosa, cuando en realidad es precisamente lo contrario.
“Buñuel...” es la obra de un cinéfilo, y no de un cinéfilo cualquiera sino de alguien que está de vuelta en un tiempo en el que el cine, como muchas otras artes, se muestran cada vez más vacías de contenido. Saura mismo es, ahora, un siglo después del nacimiento de Buñuel, un director generalmente mal visto por la crítica que acostumbra a elogiar el cine cada vez más comprimido, licuado y predigerido por la industria o por los esquemas que esta impone, incluso al cine independiente.
Pero no parece importarle. El hecho de que la película arranque con la imagen del esqueleto en 3D del robot-María imaginado por Fritz Lang (el cineasta que inventó la “cuenta regresiva”) en “Metropolis”, y termine con él mismo como guardián de la verdad, poco antes de que Buñuel encuentre su temido final frente a la revelación del pasado y del presente, no es casual. Saura consigue aquello que Buñuel, predijo alguna vez, lograría el mexicano Arturo Ripstein: hace temblar al misterio.

Claudio D. Minghetti

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