7 jun. 2019

"DOLOR Y GLORIA", ENTRE LO MEJOR DE ALMODDÓVAR

Como a otros grandes directores, desde Ingmar Bergman y Federico Fellini a Woody Allen, a Pedro Almodóvar le llegó la hora crucial de hacer memoria de su niñez, de sus tiempos de esplendor, y de su presente, con formato de cine, y el espejo ideal que encontró fue el de "Dolor y gloria", una de sus mejores obras.
En septiembre, Almodóvar cumplirá 70 años y ya acredita más de 20 películas, una filmografía que varias veces lo llevó a competir en el Festival de Cannes y pudo alcanzar la gloria de convertirse, tras el reinado de Carlos Saura, en el más importante nombre del cine español, por cantidad y calidad en las últimas cuatro décadas.
A Salvador Mallo, el director de cine que protagoniza esta historia, le duele el cuerpo en el preciso instante en el que también empieza a recordar el pasado, un presente en el que solo disfruta, a su manera, los singulares cuadros de su enorme living, salvo que pueda movilizarse mejor y, de paso, redimirse a sí mismo.
Salvador sufre el drama común a todos los que tratan de sostener el deseo del arte, sea un escritor, un pintor, un actor o un cineasta: tratar de vivir creando mundos que lo alejen todo el tiempo de la idea de finitud, el de la insoportable levedad del ser.
Pero un día se da cuenta de que ni física ni mentalmente puede soportar el desgaste de la máquina a la qué tanto tiempo explotó para olvidarse de que algún día, cercano o lejano pero en cualquiera de las variantes real, le pasará la factura simplemente por haber tratado de ser de día y de noche, de vanguardia.
No queda ninguna duda de que Salvador es el mismo Almodóvar, cuando se mira en un espejo muy pulido y que apenas distorsiona la realidad, como la memoria siempre traicionera, y lo deja desnudo frente a la vida y a la muerte, que llegara tan inesperadamente como la vida, el día en que supo había nacido.
Este cineasta, que creció pobre y al que el tiempo le permitió ser exitoso, pero no pudo a fin de cuentas resolver su deseo por completo, descubre que puede encontrar, y reencontrar, aquellas cosas que forman parte de sus recuerdos, algunas todavía vivas, pero a los lejos, con solo cambiar de signo la melancolía.
Almodovar propone una de sus historias más sólidas, tanto en lo narrativo como en lo emotivo, y recorre un camino que lo lleva a contar qué es lo que verdaderamente siente detrás de su disfraz de autor, que ya es pasado ser el niño rebelde del destape español, después de casi cuatro décadas de dictadura.
Para resolver este personaje recurrió a Antonio Banderas, un actor de sus primeros tiempos, qué se transforma, dado que es un actor con todas las letras, en ese otro yo (no un calco sino un “otro”) del cineasta capaz de expresar con su caligrafía un texto ajeno que, a la vez, y es evidente, siente como propio, como visceral.
Para Banderas sólo es necesario valerse de las armas que los actores suelen usar en dosis perfectas, la forma de hablar o de mirar, la manera de estar sobrio o con una dosis de estimulantes, liberando incluso ligeros gestos afectados qué hablan de su elección, de deseo en el más amplio sentido de esa definición.
La palabra deseo cumple un papel importante en la filmografía de Almodóvar, incluso es el nombre de su productora, y Argentina también está presente en varios momentos, como el país de una buena amiga, del amor de sus tiempos de ebullición artística, ahora en vísperas de una esposa llamada Lucrecia, como Martel la cineasta para la que el director manchego produjo "Zama," y de quién en el filme se ve un fragmento de "La niña santa".
Desde el homenaje inicial a mujeres que parecen sacadas de un relato de Lorca, entre las que se recorta su propia madre, hasta el mundo de su cuerpo martirizado recreado por -el argentino- Juan Orestes Gatti, que de los discos de Sui Generis, llegó a convertirse en la interpretación onírica del imaginario almodovariano.
Y está Penélope Cruz como su madre, y la insuperable Julieta Serrano como esa misma mujer anciana, Cecilia Roth, y Leonardo Sbaraglia, y también Asier Etxeandia y el niño Asier Flores, como ese Salvador que ya es parte de la leyenda, lo que fue y comienza a ser parte de un sueño lejanísimo y solo asible por la magia del cine.




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