16 abr. 2019

Mi encuentro con Diego Galán en Buenos Aires

Hace muchos años, el crítico Claudio España me dijo: “Alguna vez conocerás a Diego”. El nombre salió a cuenta de que en esa charla de café el tema era la crítica de cine, la de aquí y la de España. Se refería a Diego Galán. Los años pasaron y en mi primera incursión en el Festival de San Sebastián se dio la oportunidad. Pero ¿quién era Diego Galán, ese personaje del que todos hablaban?
Una buena pregunta con una larga, inacabable, respuesta.
Cuenta la historia que Galán nació en Tánger, en 1946, pero que y siendo poco más que un adolescente llegó a Madrid. No estaba en sus planes el cine y sin embargo el cine se cruzó en su camino. Primero intentó ser actor y poco después cineclubista. Ahora recuerda que muy joven todavía, su audacia le permitió hablar, y lo que es aún peor, escribir acerca de películas como el que más, y que poco le importaba el qué dirán. Sin embargo fue en ese preciso momento de su vida cuando descubrió que era su pasión. Y escribió en revistas, intentó hacer cine detrás de las cámaras  pero no le fue nada bien (lo reconoce), pero si pudo reflexionando sobre cine español en la TV, y poco a poco logró construirse a si mismo como un referente de la investigación y la crítica hasta alcanzar el primer puesto en el festival donostiarra, al que pudo devolverle la mejor categoría entre los no especializados, según los parámetros de la Federación Internacional de Asociaciones de Productores de Films (FIAPF), que había perdido en tiempos de crisis.
Galán fue director de la muestra a orillas del Cantábrico en dos periodos que totalizan más de una década y, al mismo tiempo, se convirtió en crítico del diario El País y escribió una docena de libros, muy apreciados por el público cinéfilo, sin caer nunca en el elitismo.
“En el teatro Victoria Eugenia, entonces sede del festival, tenía una pequeña oficina junto al escenario y desde allí podía oler la reacción del público, descubrir que tipo de silencio era el de la platea y saber incluso  si las toses eran por inquietud o disgusto”, reflexiona a su paso por Buenos Aires, donde fue uno de los organizadores del seminario Imágenes compartidas, organizado por el CCEBA, en coincidencia con el mercado Ventana Sur.
Galán es uno de los apellidos importantes de la cultura cinematográfica española de las últimas cuatro décadas. Lo demostraron su columna semanal para el diario El País (Cámara oculta), y libros como Diez palabras sobre Berlanga, , sus apuntes sobre el festival Jack Lemmon nunca cenó aquí, Fernando Fernán Gómez ese señor tan pelirrojo y más recientemente su biografía apropósito de Pilar Miró.
En su blog de internet –para el canal TCM español, donde ha conducido varios ciclos de revisión, confiesa que “Me gusta el cine como a casi todo el mundo pero con frecuencia prefiero ver películas olvidadas, especialmente aquellas que pasaron sin pena ni gloria por las pantallas o que mucha gente no ha podido ver porque fueron prohibidas o porque los comerciantes del cine las maltrataron”.


A la pregunta “Si fueras a parar a la isla de Lost, que diez películas te gustaría tener”, Diego Galá responde: “Mis 10 películas posibles, podría haber mil más…” y dijo:


La malvada (All about Eve, Joseph L. Mankiewicz, EE.UU./1950)


Cautivos del amor (Besieged, Bernardo Bertolucci, España/1998)


Bodas de sangre (Carlos Saura, España/1981)


Plácido (Luis G. Berlanga, España/1961)


Rosaura a las diez (Mario Soffici, Argentina/1958


Los compañeros (I compagni, Mario Monicelli, Italia/1963)


Vivir (Hou zhe, Zhang Yimou, China/1994)


Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, Luchino Visconti, Italia/1960)


Ser o no ser (To Be or not to Be, Ernst Lubistch, EE.UU./1943)


Cantando en la lluvia (Singing in the Rain, Gene Kelly y Stanley Donen, 1952)

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