20 feb. 2014

20-2-2014, EL ADIOS A JORGE POLACO

"La gente es mala", dice Polaco con dificultad, mucha dificultad, una y otra vez. Es de lo poco que se le entiende porque el cuerpo, hace ya cinco años, le viene jugando una mala pasada y lo pone, cada vez más, entre la espada y la pared, en especial desde principio de este año, cuando un accidente de poca monta para cualquiera empeoró su cuadro. Polaco tenía 66 años pero la enfermedad conocida como Mal de Parkinson en una versión muy aguda, que lo tuvo a maltraer. Tenía, porque ayer, del corazón, en un instituto geriátrico en el que estaba internado hace algunos meses, murió. "Desde que vi la obra quise hacerla, me pareció muy interesante la historia de estos dos hombres que ya viejos se encuentran, después de 60 años de haberse enamorado cuando eran adolescentes. Es la historia más simple de las que conté hasta ahora en el cine", me dijo en septiembre con gran esfuerzo. Su departamento, blanco como todos los que siempre tuvo, ya sea en San Telmo, Microcentro o Barrio Norte, no se diferenciaba de los otros, pocos objetos o muebles, en él se recorta una gran máquina para hacer gimnasia que quizás lo ayudaba a recuperar su falta de tensión muscular. "Ayer estuvo por aquí Lucrecia Martel", comenta acerca de la cineasta que lo visitó en los días previos al estreno de "Príncipe azul”, la nueva apuesta de una obra que inició con el recordado mediometraje "Margotita", acerca de una mujer que resultaba revulsiva para unos, magistral para otros. Hay algo que el cine de Polaco es difícil de definir dentro de un género clásico: para algunos es vanguardia, para otros experimental, para los que encajan todo en un grupo, drama pero para los que se sienten más libres a la hora de las definiciones, transgresor como pocos, y ese mote que surgió cuando estrenó su primer largometraje, "Diapasón", lo ha perseguido desde entonces. A Polaco, como al último Favio, lo acorraló un mal neurológico que le impedía movilizarse y expresarse con facilidad, una circunstancia que le dificultó hace año y medio, el rodaje de este filme de cámara, que llegó a las pantalla cuando todavía siguen pendientes los estrenos de "Kindergarten", aquella obra injustamente prohibida por un recurso particular y la inmediata anterior, "Arroz con leche". Curiosamente, Polaco siempre tuvo entre sus obsesiones el cuerpo y la vejez, y lo hizo tanto en aquella "Margotita" como en "Diapasón", "En el nombre del hijo" y en "Kidergarten", que no se refería precisamente a un jardín de infantes, y en las siguientes, en especial en "Viaje por el cuerpo" y en la inédita "Arroz con leche", que mostraba una curiosa rebelión en un geriátrico. Los personajes de Polaco, cargan culpas y se arrepienten de lo no hecho, en “Diapasón”, fue un aristócrata decadente que ha cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, no ser feliz, y que mezcló absurdamente antiguas y odiadas recetas de familia, el amor con lo que tiene que ser, la belleza con el esteticismo, hasta darse cuenta, tarde, que envejeció y, entonces de qué sirve el arrepentimiento que convierte en amargas las horas del epílogo. Es que en las historias de Polaco aparece un discurso literario rico que no se ve porque está traducido al lenguaje del cine, es un lenguaje fuerte que pega directamente en el estómago, que juega a las contradicciones, de buscar la belleza de aquello que dentro de las convenciones es rechazable, inaceptable, y que, además, no tiene escapatoria, como la vida misma. Luego, “En el nombre del hijo”, fue Edipo desesperado por darse un lugar, por ser, y en “Kindergarten”, viejos y jóvenes se plantean en curiosa elipsis el si volvieran a nacer cuántas cosas hermosas podrían ocupar más tiempo en su existencia, una vida de recuerdos hermosos más allá de la locura con la que convivieron y de la que finalmente solo escapan los marginados, los ancianos, los locos y los niños, una curiosa esperanza que no se concreta porque ya no queda tiempo. Algo parecido ocurría en esa singular exposición de lo salvaje y loco que fue “El tutor”, su única experiencia teatral, que recordaba el tema de “el niño salvaje”, con la peculiar impronta de un autor que grita a través de sus obras, porque cada uno de sus personajes vive atormentado por su propia insignificancia frente al tiempo que deteriora la belleza física y su solidez, su capacidad de sostenerse por los propios medios, tal como a él mismo, a los 65 años, le ocurre. “Príncipe azul” es, en ese sentido, un trágico pas de deux, en este caso de dos ancianos, uno con gran dificultad para moverse, por un paisaje que es una mezcla de parque con grandes cruces de cementerio, maniquíes que emanan una curiosa sensualidad pero están tan desnudos como desarmados en medio de ruinas, que se reencuentran y rechazan por desagradables en referencia a lo que fueron, que danzan una danza final, oscura, amarga. Ariel Bonomi y Harry Havilio son los encargados de transmitir esas sensaciones y esos sonidos por momentos guturales de Juan y Gustavo, después que un extraño coro, linyera y cura incluido, les da la bienvenida a este último acto de sus vidas, el del recuerdo de lo que no fue ni podrá ser, por más que fuercen el contacto físico. Son los actores fetiche del cineasta, aquellos en los que él mismo se proyectó y sigue proyectando. La estética de Polaco fue en el caso de "Príncipe azul" más que nunca antes, la del decorador de vidrieras que fue (en locales de la calle Florida), en viejos tiempos, cuando también participó, en París y tras egresar de Letras en la UBA, en los seminarios de Lacán: el cine de Polaco es su discurso, finalmente, frente a un analista imaginario, que busca entre un público que puede admirarlo tanto como rechazarlo y convertirlo en un cineasta maldito, en suma mezcla de maniquíes rotos con la “teoría del goce”. Su cine no es simple y para cualquiera sino todo lo contrario y verlo es toda una prueba porque de su visión deviene inexorablemente un análisis, la mayoría de las veces, de cosas que son muy difíciles de aceptar porque tienen que ver con tópicos de compleja resolución, como lo son la vida y la muerte y el proceso de vejez que entre esos dos estados se desata. “Príncipe azul” marca el momento culminante de la obra de Polaco, su “hasta aquí llegué”, un canto desesperado, un grito que no contiene palabras sino onomatopeyas, una invocación, un pedido de auxilio, un ruego de redención, mezcla de circo con reproches, con cuerpos que hacen lo que pueden porque la vejez los abofetea para mostrarse bellos cuando dejaron de serlo. Un estertor. Adiós Jorge.

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