30 nov. 2010

Affaciati alla finestra, Mario

Mario Monicelli se asomó a la ventana del futuro. Y descubrió que el futuro depende de los jóvenes.
Un hombre con una historia única, que llegó a los 95 con envidiable lucidez e impresionante capacidad de movilizarse por lo que realmente le importaba, se tiró por la ventana del quinto piso del hospital romano en el que estaba internado, afectado por el cáncer que los estaba comiendo por dentro. “Va fan culo”, habrá pensado, allí solo en la habitación, mientras afuera llovía y llovía. Cuando los enfermeros entraron, quizás para algún control, descubrieron que ese señor muy mayor no estaba allí y no les paso por la cabeza ni por casualidad que había tomado una decisión: la de no ser un muñeco sometido a infinidad de drogas y técnicas para hacerlo seguir vivo, o mejor dicho a soportar la tortura de seguir vivo de esa forma, casi sacada de un cuento de Edgar Alan Poe.

Si señores: Mario Monicelli, el hombre que supo retratar a gente común de los suyos, los italianos, en situaciones de lo más diversas, se había tirado por la ventana porque no aguantaba más. Sin embargo no se lo veía depresivo, a pesar de su mirada cuestionadora del presente, y no sin razones, por lo que ocurría -y sigue ocurriendo- en su país gobernado por un payaso fascista, puntualmente en el ámbito del trabajo y la cultura, es decir la miserabilización y estupidización de los tiempos de Berlusconi, que incluye la destrucción sistemática de la educación pública, y como él mismo lo subrayó en su corto La nuova armata Brancaleone, la que tiene que ver con los medios audiovisuales, léase cine o TV. El corto, en el que colaboraron estudiantes de la escuela de cine y TV Rossellini no es otra cosa que la síntesis de su pensamiento, un cachetazo que a diferencia de muchas de sus películas no hace reír ni de casualidad, sino que pone la piel de gallina frente a una realidad que se nos viene encima. Que se le venía encima. Monicelli dejó su legado a una juventud que espera respuestas de sus padres, de sus maestros, que desespera por encontrar referentes que les den la clave para poder seguir adelante, una esperanza de que todo puede ser mejor. Monicelli lo tenía en claro. Solo hay que verlo. Dura cuatro minutos.



Apropósito de la pequeña-miserable burguesía
La mayoría recuerda algunos hitos claves en la filmografía de Monicelli, tales los casos de La gran guerra, Los compañeros, La armada Brancaleone y su secuela Brancaleone en las Cruzadas, así como las dos entregas de Amigos míos, donde el humor negro que escarva en personajes comunes y corrientes como pueden ser los mismos espectadores de estas películas por momentos convierte la risa en mueca de espanto. Sin embargo, y dejando de lado otras producciones igualmente valiosas pero menos conocidas, como Esperemos que sea varón o la última, La rosa del desierto, que muestra a la gente común que tuvo que alistarse durante la Segunda Guerra Mundial como si fuesen ganado a las ordenes de Mussolini, hay una película que sintetiza el verdadero espíritu de Monicelli, poco esperanzado frente a las contradicciones políticas de sus compatriotas, mucho antes de la llegada del presente berlusconiano, que tan claramente pudo sintetizar con alumnos de una escuela de cine romana en el corto –muy corto- La nueva armada, en el que no parece ver sino otra cosa que oscuridad en el futuro. Esa película es Un burgués pequeño, pequeño.
El guión, del mismo director con cuenta la tristísima historia de Vivaldi Giovanni, un gris y modesto empleado ministerial próximo a la jubilación. Su único deseo en la vida es que su hijo entre a trabajar en el mismo ministerio que él. Para conseguirlo, recurre a todos los medios a su alcance y llega, incluso, a hacerse masón. Y cuando todo parece que va por un buen camino, el azar se cruza en su vida y lo destruye. Cuando acompaña al joven recién diplomado el día en que le tomarán el exámen de admisión donde él mismo trabajó durante toda su vida, en el mismo momento en que llegan, una banda de delincuentes asalta el lugar y en medio de la confusión el hijo cae muerto por una bala de los malhechores. Pasada la tragedia él hombre se dedicará a buscar al culpable, pero no como un típico héroe norteamericano porque él es un tipo común, lleno de limitaciones e inundado por el dolor. Un burgués muy pequeño que cree que logrará algo vengándose. Sabe quien es el asesino, pero no lo denuncia porque él mismo quiere hacer justicia por mano propia. Por eso lo secuestra y lo tortura, días a día, mientras él sigue su vida como si nada estuviera, en verdad, ocurriendo.
En la primera escena, este hombre que apenas se recorta de la masa, pesca con su hijo y una vez con la pieza en la mano, le destroza la cabeza con una piedra, el mismo hombre que se convertirá en un resentido, como lo son muchas veces las masas sometidas por el capitalismo, cuando son abandonadas por este y reaccionan, como lo hicieron en la Alemania pre-hitleriana, en la Italia de Mussolini o poco a poco lo hacen los “parados” españoles al recordar con nostalgia a Francisco Franco.
La película esta partida al medio: la primera parte describe a la típica familia de seres muy minusválidos, en la segunda, egoistas y destructivos, canallas y hasta criminales
Monicelli pinta una forma común en el pensamiento conformista de la gente común de nuestro tiempo, la del sometido a conciencia, el del que solo tiene como meta sobrevivir como un vegetal, ciñiéndose a reglas del poder ajenas a toda forma de auténtica libertad, eludiendo por todos los medios reconocer la permanente humillación de las estructuras en el trato cotidiano, porque así puede ser feliz a su manera, sin darse cuenta, además, que en un segundo puede perder la única razón que justificaba tanto sacrificio (en el sentido cristiano del término), tanto renunciamiento.
Pocas películas provocan tanto rechazo como esta de Monicelli, que no obstante, es una obra maestra. Ya lo es el libro original de Vincenzo Cerami, el mismo autor mucho tiempo después de la polémica La vida es bella, que llevó al cine Roberto Begnini.

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