12 oct. 2010

Nostalgias (I)

Corrientes se quedó sin cines. A decir verdad, los dos únicos que quedan son como el último baluarte de lo que alguna vez fue, la “calle que nunca duerme”.
Los que nacimos en pleno esplendor del Lorraine, que escuchábamos a nuestro hermanos mayores y a sus amigos charlar acerca de aquellas maravillosas películas que descubrían en el Lorraine o en el Cine Arte de Diagonal Norte sentimos nostalgia por lo que se fue. No es nostalgia vulgar, sino de aquella que encierra una idea más grande y abarcativa de lo que fue la cultura de las décadas del 60, 70 y 80, hasta que comenzó la noche más oscura.
Corrientes comenzaba al 2000, donde terminaba Once, allí mismo donde por años estuvo el cine Cataluña finalmente rebautizado como Cosmos, al que un buen día se le agrego el 70. Allí, casi en la esquina con Junín, nacía la Corrientes intelectual, la de la librería en la esquina con Riobamba, la del pasaje Rauch, por el que nadie quería pasar, la de la esquina paqueta de El Ciervo y en diagonal la de La Opera, la de la disquerías Zivals que fue creciendo con el paso del tiempo y alguna vez tuvo en su planta superior un bolichito de jazz que se llamó Jazz Up hasta que tanto inflaron de la comisaría quinta en tiempos de dictadura que tuvo que cerrar. La calle Corrientes del Cine Los Angeles pintado como una calesita y que un día tras la oportuna ocurrencia de uno de sus administradores comenzó a publicitarse como la “unica sala del mundo dedicada a Walt Disney”, cuando Disney no tenía ni idea de que eso estaba ocurriendo en Buenos Aires sin reportarle utilidad alguna.
La calle de las librerías de viejo una tras otra, la de discos usados que ya no se conseguían, la del Cine Alfil y el Losuar, de la cadena “lor” que por entonces regenteaba Alberto Kipnis, uno de los creadores del Lorraine. La calle de El Gato Negro, de varios barcitos que en esa vereda y en la de enfrente eran punto de encuentro de la bohemia, como el Suárez y su barra en forma de “u” de estaño y La Paz, la única e irrepetible La Paz, donde humeaba café y tabaco por sus ventanas, siempre mirando más allá. La cuadra del Premier, del baldío en el que nadie nunca hacía nada /y mucho después construyeron el Centro de la Cooperación), pegadito al Lorraine, con sus muros pintados, que todavía sobreviven en la que fue primero librería Gandhi y ahora ya no se sabe cómo se llama, justito enfrente del Teatro San Martín, una modernidad de mediados de la década del 50 que en su último piso escondía la coquetísima salita Leopoldo Lugones, donde siempre se veía cine clásico del bueno, tras un rato de estar sentados en los sillones Barcelona que engalanaban su foyer. Otros tiempos, cuando en el subsuelo de aquel edificio todavía había una confitería que daba gusto visitar por su intimidad y tranquilidad, hasta que a alguien se le ocurrió liquidarla y convertir buena parte de aquel espacio en una nueva salita. Tiempos en que el pasillo de comunicación nos llevaba al Centro Cultural, sobre Sarmiento, otra curiosidad donde funcionaba Radio Municipal, una de las primeras en transmitir en estéreo.
Corrientes la de la librería El Lorraine, de Pedro Sirera, que llegó a editar el guión de Masculino-Femenino, de Godard, y la esquina de la pizzería Marín. Justito al lado del San Martín, bajando una escalerita, el Loire era como una sucursal moderna de su antecesor Lorraine. Cuando pasaba el subte de la línea A, temblaba el suelo. Todavía hoy sigue temblando, pero las obras que allí se dan suelen empezar cuando el último tren ya pasó. Y la esquina de la confitería Premier, como siempre para gente un poquito más mayor que el resto.
Llegamos al 1400. La Martona, la casa de bombones Lyon d’Or y el eterno olor a chocolate en su puerta y allí nomás, La Giralda y su célebre submarino, o el chocolate con churros, sobre mesitas de mármol. Al lado, un restaurante muy fino, La Emiliana, solo para entendidos y bolsillos con suficiente dinero como para pagar sus platos. Enfrente, el Lorca y la esquina donde construyeron ese edificio horrible donde hay un Banco Ciudad. El edificio, recuerdo, comenzó a rajarse y todos pensaban que se iba a derrumbar, como ya había ocurrido en 1968 con el de Montes de Oca 680. Se le agregaron soportes y bloques de cemento hasta que un buen día dijeron: “Está bien”, y desde entonces sigue tan campante.
En la otra cuadra, siempre en dirección al Obelisco, el bar El Foro, donde iban todos los que tenían algo que ver con Tribunales. Estaba bueno subir al primer nivel y tomarse un cafecito allí, observando el cruce con la calle Uruguay, donde se ensancha en una especie de falso boulevard que llega a Córdoba.
Alli volvía los cines. De un lado, después de Los Inmortales y la confitería La Pasta Frola, el Metropolitan. Me acuerdo cuando estrenaron Dr. Zhivago y recrearon la nieve sobre la entrada con grandes copos de algodón. Enfrente la galería donde en el primer nivel construyeron la sala Lorange. Allí vi El enigma de Kaspar Hauser. Seguimo y, zas, una pizzería, creo que Guerrin. Más adelante el Libertador. Recuerdo que durante una semana de cine brasileño me crucé por primera y única vez con Leopoldo Torre Nilsson. El ya estaba enfermo de la espalda, creo. Lo vi sentado con Beatriz Guido en la gran escalera que conducía al pullman. Daban Doña Flor y sus dos maridos. La gente no podía creer que una mujer –Sonia Braga- pudiera parecer buena parte de la película desnuda. Lo mismo ocurrió poco después con Qué?, de Roman Polanski, donde la bonita Sidne Rome repetía la experiencia.
Bueno. Después el plato fuerte literario con las librerías Fausto, una frente a la otra. Allí mi hermano me compró el primer guión de mi vida, Fresas Salvajes, es decir Cuando huye el día de Ingmar Bergman. Fue una casualidad, porque íbamos en busca de El séptimo sello, que estaba agotado. Todavía lo tengo.
La cuadra terminaba con Ouro Preto, un viejo café también con una gran barra repleta de tacitas y platitos donde los mozos servían café con gotitas y alguna medialuna o tostado, además del infaltable vasito con agua.
Cruzando Talcahuano, en una esquina un bar finoli, y en la otra Banchero y su fugazza con queso. Al lado, el Teatro Cómico, ahora Lola Membrives, y enfrente, el Blanca Podesta, que vaya a saber porqué le cambiaron el nombre y le pusieron Multiteatro cuando destruyeron el original convirtiéndolo en varias salitas. Al lado Radio Aceto, que vendía piezas de la electrónica de la época, como esas válvulas que iban dentro de las radios o en los viejos televisores. Al lado del Cómico, un edificio emblemático, una pajarera, y en la parte inferior varios localcitos muy, muy largos. Uno era una juguetería, que vendía soldaditos de todo tipo y Meccano. Ah… y chascos. Al fondo había una puerta que conducía al subsuelo, un subsuelo al que nunca baje, aunque tenía ganas. Allí vendían Cinegraf, un proyector de juguete que proyectaba películas impresas en papel calco. ¿Porqué mi papá nunca me habrá llevado a ver qué era lo que allí vendían?
Mas adelantes siempre estuvo La Churrasquita y de la vereda de enfrente no se. Cruzando Libertad, lo más importante era El Vesubio y el Broadway, que funcionaba como cine y de vez en cuando como teatro con algún cantante. Unos metros más adelante, la galería del Cine Arte invitaba a un recorrido fascinante, porque allí dentro había una librería de cine. Enfrente la mueblería Toretti y un restaurante que tenía las heladeras contra el vidrio de la fachada. Estaban llenas de pulpos y ese tipo de comida que jamás se me hubiese ocurrido probar.
El obelisco, primero redondo, después oval, siempre igual.
Era emocionante cruzar por arriba,o atreverse a los pasajes, el Obelisco Sur o el Norte.
Todavía conservan algo de la emoción de entonces, aunque cuando era chico había más valijas, más lustrabotas, más olor a milanesas, y un negocio que vendía lapiceras y encendedores que ya no está. Rn la sucursal de correo que allí funciona siempre se veía a despedidos mandando telegramas o casas parecidas. Ah, y ahí vendían pomadas y galochas.
Y ya en la otra vereda, sobre Carlos Pellegrini,las esquinas de la sastrería Los 49 Auténticos y El Trust Joyero Relojero eran emblemáticas. De un lado la pizzería Rey y del otro el Teatro Nacional. De un lado los cines Adán y el Plaza, del otro la sastrería Halsey. De un lado la disquería Broadway y la farmacia Rex, cruzando Suipacha, la óptica Griensu y de enfrente, a pocos metros de la esquina el Opera, con su mezcla de estilos y la reja que sale del suelo.. De un lado el Gran Rex y una sala de cine allí mismo donde hace mucho, mucho tiempo, estaba el cabaret Tabarís. Del otro otra galería que vendía filatelia, con un restaurante en el subsuelo. Desde la baranda superior podía verse una fuente en el subsuelo, adónde los padres llevaban a los chicos para que arrojen una moneda y pidan un deseo. El fondo siempre estaba lleno de monedas. Después se convertiría en un puticlub, pero las monedas seguían allí hasta que cerro. ¿Quién se habrá chafado las monedas? Al lado, Las Cuartetas, y más pizza.
La esquina de Rigars, en diagonal un viejo hotel pegado al teatro Odeón, que más tarde se convertiría en Museo de Cera antes de su incendio, abandono y demolición, junto con la del teatro que todos resistieron. En el subsuelo de ese edificio, el cine Rose Marie, siempre maloliente. En la misma cuadra el teatro Astor y esa iglesia que no se sabe que hace en medio de la ciudad, pegadita a otro bar Suarez. La gran esquina de enfrente, el rascacielos República, de Entel, finalmente de Telefónica, que abajo tenia una batería de teléfonos públicos. Modart, la zapatería Guante, la esquina gótica –con Florida- de la Casa Mayorga, que vendía productos de cuero, y cartel noticiero, a metros nomás de El Ateneo y la pizarra del diario La Nación, cuya persiana metálica solo bajaban cuando había conmoción interna, léase "golpes militares". Alguna vez las vi bajas.

2 comentarios:

Federico Marin dijo...

Nostalgias un muy hermoso relato de la ciudad de Buenos Aires de antaño, realmente que hace añorar aquellas bellas épocas que no llegue a conocer ni llegare, tengo 21 soy del interior de Córdoba, hace poco me compre un libro por Facebook, ahora se usa así. El libro es El Retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde, que a propósito es el segundo tomo que me compro este ya usado, editado por la Biblioteca Casica Sopena 53, impreso en España... Bueno ya lo importante es que en el me vino un volante del Cine Rose Marie, del que me vengo a enterar denominado "el simpre maloliente", con una programación que incluye a Doña Flor y sus 2 Maridos, Eastmancolor; Bruno Barreto, Intimidades presentado por Dispro film en Technicolor y el noticiario, todo calificado (prohibido para menores de 18 años), y dos estrenos Malos Pensamientos e Intimidades de una Joven Casada... terminando, junto con esto me vino un boleto del Instituto Nacional de Cine, con una participación gratuita por un automovil... Espero esto despierte nuevas nostalgias del siempre maloliente cine Rose Marie.

Ariel Carreira dijo...

Vos te tenés que acordar. Cuando empecé a ver películas clásicas, mi viejo las alquilaba en un videoclub que quedaba en un piso enorme de la calle Diagonal Norte. ¿Te acordás de ese videoclub? Contados con los dedos de una mano eran los videoclubes donde se podían alquilar esas películas. SAludos.