20 oct 2010

Marcelo Tinelli, el asador

Marcelo Tinelli es un chef popular, pero chef al fin. Un asador ad hoc de la TV comercial de hoy. Es de esos que preparan comidas grasosas y seguramente dañinas a la salud pero que, pueden entusiasmar tanto a quienes están acostumbrados al bodegón como esos otros que solo pisan los restaurantes de nariz bien respingada, con platos de varios dígitos. Siempre ha sido así porque es el mejor heredero del padrino Gerardo Sofovich. Sus programas son producto de su pura y exclusiva creatividad y la de su circulo íntimo, pero más que nada del público que lo consume y los medios que se alimentan de ese requesón, en verdad grasa de segunda que deja requetefrita en la sartén y que, convengamos tiene un gustito concentrado tentador directamente proporcional al daño que ocasiona en las arterias de la reflexión y el pensamiento. Sus números tienen puestas fuera de serie, y esta semana lo volvió a demostrar con cuadros brillantemente armados por un sinfín de espejitos de colores, en los que se reflejan clowns de varieté, villanos de cómic, pechos 3D de carne y silicona, y maquillaje con pincel fino y grueso. Para algunos el mejor alucinógeno puede ser el opio, para otros el paco. Sustancias alucinógenas finas o ramplonas, alucinógenas al fin. Todos somos adictos potenciales a ellas. Sin embargo a Marcelo esa cuestión de apuntar a la cultura popular sin caer bajo le queda muy-muy, grande y su propuesta tiene la posibilidad de equipararse a uno sola de las dos. ¿Adivinen a cuál?

12 oct 2010

Nostalgias (I)

Corrientes se quedó sin cines. A decir verdad, los dos únicos que quedan son como el último baluarte de lo que alguna vez fue, la “calle que nunca duerme”.
Los que nacimos en pleno esplendor del Lorraine, que escuchábamos a nuestro hermanos mayores y a sus amigos charlar acerca de aquellas maravillosas películas que descubrían en el Lorraine o en el Cine Arte de Diagonal Norte sentimos nostalgia por lo que se fue. No es nostalgia vulgar, sino de aquella que encierra una idea más grande y abarcativa de lo que fue la cultura de las décadas del 60, 70 y 80, hasta que comenzó la noche más oscura.
Corrientes comenzaba al 2000, donde terminaba Once, allí mismo donde por años estuvo el cine Cataluña finalmente rebautizado como Cosmos, al que un buen día se le agrego el 70. Allí, casi en la esquina con Junín, nacía la Corrientes intelectual, la de la librería en la esquina con Riobamba, la del pasaje Rauch, por el que nadie quería pasar, la de la esquina paqueta de El Ciervo y en diagonal la de La Opera, la de la disquerías Zivals que fue creciendo con el paso del tiempo y alguna vez tuvo en su planta superior un bolichito de jazz que se llamó Jazz Up hasta que tanto inflaron de la comisaría quinta en tiempos de dictadura que tuvo que cerrar. La calle Corrientes del Cine Los Angeles pintado como una calesita y que un día tras la oportuna ocurrencia de uno de sus administradores comenzó a publicitarse como la “unica sala del mundo dedicada a Walt Disney”, cuando Disney no tenía ni idea de que eso estaba ocurriendo en Buenos Aires sin reportarle utilidad alguna.
La calle de las librerías de viejo una tras otra, la de discos usados que ya no se conseguían, la del Cine Alfil y el Losuar, de la cadena “lor” que por entonces regenteaba Alberto Kipnis, uno de los creadores del Lorraine. La calle de El Gato Negro, de varios barcitos que en esa vereda y en la de enfrente eran punto de encuentro de la bohemia, como el Suárez y su barra en forma de “u” de estaño y La Paz, la única e irrepetible La Paz, donde humeaba café y tabaco por sus ventanas, siempre mirando más allá. La cuadra del Premier, del baldío en el que nadie nunca hacía nada /y mucho después construyeron el Centro de la Cooperación), pegadito al Lorraine, con sus muros pintados, que todavía sobreviven en la que fue primero librería Gandhi y ahora ya no se sabe cómo se llama, justito enfrente del Teatro San Martín, una modernidad de mediados de la década del 50 que en su último piso escondía la coquetísima salita Leopoldo Lugones, donde siempre se veía cine clásico del bueno, tras un rato de estar sentados en los sillones Barcelona que engalanaban su foyer. Otros tiempos, cuando en el subsuelo de aquel edificio todavía había una confitería que daba gusto visitar por su intimidad y tranquilidad, hasta que a alguien se le ocurrió liquidarla y convertir buena parte de aquel espacio en una nueva salita. Tiempos en que el pasillo de comunicación nos llevaba al Centro Cultural, sobre Sarmiento, otra curiosidad donde funcionaba Radio Municipal, una de las primeras en transmitir en estéreo.
Corrientes la de la librería El Lorraine, de Pedro Sirera, que llegó a editar el guión de Masculino-Femenino, de Godard, y la esquina de la pizzería Marín. Justito al lado del San Martín, bajando una escalerita, el Loire era como una sucursal moderna de su antecesor Lorraine. Cuando pasaba el subte de la línea A, temblaba el suelo. Todavía hoy sigue temblando, pero las obras que allí se dan suelen empezar cuando el último tren ya pasó. Y la esquina de la confitería Premier, como siempre para gente un poquito más mayor que el resto.
Llegamos al 1400. La Martona, la casa de bombones Lyon d’Or y el eterno olor a chocolate en su puerta y allí nomás, La Giralda y su célebre submarino, o el chocolate con churros, sobre mesitas de mármol. Al lado, un restaurante muy fino, La Emiliana, solo para entendidos y bolsillos con suficiente dinero como para pagar sus platos. Enfrente, el Lorca y la esquina donde construyeron ese edificio horrible donde hay un Banco Ciudad. El edificio, recuerdo, comenzó a rajarse y todos pensaban que se iba a derrumbar, como ya había ocurrido en 1968 con el de Montes de Oca 680. Se le agregaron soportes y bloques de cemento hasta que un buen día dijeron: “Está bien”, y desde entonces sigue tan campante.
En la otra cuadra, siempre en dirección al Obelisco, el bar El Foro, donde iban todos los que tenían algo que ver con Tribunales. Estaba bueno subir al primer nivel y tomarse un cafecito allí, observando el cruce con la calle Uruguay, donde se ensancha en una especie de falso boulevard que llega a Córdoba.
Alli volvía los cines. De un lado, después de Los Inmortales y la confitería La Pasta Frola, el Metropolitan. Me acuerdo cuando estrenaron Dr. Zhivago y recrearon la nieve sobre la entrada con grandes copos de algodón. Enfrente la galería donde en el primer nivel construyeron la sala Lorange. Allí vi El enigma de Kaspar Hauser. Seguimo y, zas, una pizzería, creo que Guerrin. Más adelante el Libertador. Recuerdo que durante una semana de cine brasileño me crucé por primera y única vez con Leopoldo Torre Nilsson. El ya estaba enfermo de la espalda, creo. Lo vi sentado con Beatriz Guido en la gran escalera que conducía al pullman. Daban Doña Flor y sus dos maridos. La gente no podía creer que una mujer –Sonia Braga- pudiera parecer buena parte de la película desnuda. Lo mismo ocurrió poco después con Qué?, de Roman Polanski, donde la bonita Sidne Rome repetía la experiencia.
Bueno. Después el plato fuerte literario con las librerías Fausto, una frente a la otra. Allí mi hermano me compró el primer guión de mi vida, Fresas Salvajes, es decir Cuando huye el día de Ingmar Bergman. Fue una casualidad, porque íbamos en busca de El séptimo sello, que estaba agotado. Todavía lo tengo.
La cuadra terminaba con Ouro Preto, un viejo café también con una gran barra repleta de tacitas y platitos donde los mozos servían café con gotitas y alguna medialuna o tostado, además del infaltable vasito con agua.
Cruzando Talcahuano, en una esquina un bar finoli, y en la otra Banchero y su fugazza con queso. Al lado, el Teatro Cómico, ahora Lola Membrives, y enfrente, el Blanca Podesta, que vaya a saber porqué le cambiaron el nombre y le pusieron Multiteatro cuando destruyeron el original convirtiéndolo en varias salitas. Al lado Radio Aceto, que vendía piezas de la electrónica de la época, como esas válvulas que iban dentro de las radios o en los viejos televisores. Al lado del Cómico, un edificio emblemático, una pajarera, y en la parte inferior varios localcitos muy, muy largos. Uno era una juguetería, que vendía soldaditos de todo tipo y Meccano. Ah… y chascos. Al fondo había una puerta que conducía al subsuelo, un subsuelo al que nunca baje, aunque tenía ganas. Allí vendían Cinegraf, un proyector de juguete que proyectaba películas impresas en papel calco. ¿Porqué mi papá nunca me habrá llevado a ver qué era lo que allí vendían?
Mas adelantes siempre estuvo La Churrasquita y de la vereda de enfrente no se. Cruzando Libertad, lo más importante era El Vesubio y el Broadway, que funcionaba como cine y de vez en cuando como teatro con algún cantante. Unos metros más adelante, la galería del Cine Arte invitaba a un recorrido fascinante, porque allí dentro había una librería de cine. Enfrente la mueblería Toretti y un restaurante que tenía las heladeras contra el vidrio de la fachada. Estaban llenas de pulpos y ese tipo de comida que jamás se me hubiese ocurrido probar.
El obelisco, primero redondo, después oval, siempre igual.
Era emocionante cruzar por arriba,o atreverse a los pasajes, el Obelisco Sur o el Norte.
Todavía conservan algo de la emoción de entonces, aunque cuando era chico había más valijas, más lustrabotas, más olor a milanesas, y un negocio que vendía lapiceras y encendedores que ya no está. Rn la sucursal de correo que allí funciona siempre se veía a despedidos mandando telegramas o casas parecidas. Ah, y ahí vendían pomadas y galochas.
Y ya en la otra vereda, sobre Carlos Pellegrini,las esquinas de la sastrería Los 49 Auténticos y El Trust Joyero Relojero eran emblemáticas. De un lado la pizzería Rey y del otro el Teatro Nacional. De un lado los cines Adán y el Plaza, del otro la sastrería Halsey. De un lado la disquería Broadway y la farmacia Rex, cruzando Suipacha, la óptica Griensu y de enfrente, a pocos metros de la esquina el Opera, con su mezcla de estilos y la reja que sale del suelo.. De un lado el Gran Rex y una sala de cine allí mismo donde hace mucho, mucho tiempo, estaba el cabaret Tabarís. Del otro otra galería que vendía filatelia, con un restaurante en el subsuelo. Desde la baranda superior podía verse una fuente en el subsuelo, adónde los padres llevaban a los chicos para que arrojen una moneda y pidan un deseo. El fondo siempre estaba lleno de monedas. Después se convertiría en un puticlub, pero las monedas seguían allí hasta que cerro. ¿Quién se habrá chafado las monedas? Al lado, Las Cuartetas, y más pizza.
La esquina de Rigars, en diagonal un viejo hotel pegado al teatro Odeón, que más tarde se convertiría en Museo de Cera antes de su incendio, abandono y demolición, junto con la del teatro que todos resistieron. En el subsuelo de ese edificio, el cine Rose Marie, siempre maloliente. En la misma cuadra el teatro Astor y esa iglesia que no se sabe que hace en medio de la ciudad, pegadita a otro bar Suarez. La gran esquina de enfrente, el rascacielos República, de Entel, finalmente de Telefónica, que abajo tenia una batería de teléfonos públicos. Modart, la zapatería Guante, la esquina gótica –con Florida- de la Casa Mayorga, que vendía productos de cuero, y cartel noticiero, a metros nomás de El Ateneo y la pizarra del diario La Nación, cuya persiana metálica solo bajaban cuando había conmoción interna, léase "golpes militares". Alguna vez las vi bajas.

11 oct 2010

San Sebastian, a la sombra de la crisis

España vive la crisis intensamente. Así y todo, su crisis es posterior a un periodo de apogeo, por lo que la resultante de todo este desbarajuste provocado por la burbuja inmobiliaria y la necesidad imperiosa del capitalismo de soliviantar el bienestar de algunos con la angustia de muchos, se nota pero no tanto. Menos todavía en una ciudad como San Sebastian, donde todo es bonito y se la puede pasar muy bien viendo cine o haciendo cualquier cosa.

Los que vamos a ver cine descubrimos que en todas partes se cuecen habas, y los motivos son bien claros: el cine también esá padeciendo un periodo de crisis en cuanto a creatividad y a otra no del todo definida que tiene que ver con cambios tecnológicos.
Además, hay que reconocerlo, el Festival de San Sebastián está ubicado en el final de la temporada que arranca con Berlín y sigue con Cannes, Venecia y el cada vez más importante Toronto.
Asi y todo, la competencia oficial tuvo algunas cosas buenas, no tantas, pero algunas buenas, por suerte la que recibió el premio a mejor película y a mejor actor, Neds responsabilidad del cineasta escocés Peter Mullan (todavía se lo recuerda por su participación como actor en Trainspotting). Esta vez, el tema gira en torno a un chico humilde pero muy aplicado en el colegio, burlado por sus compañeros, que termina él mismo convirtiéndose en uno de ellos, quizás el peor de todos. Mullan pinta una época que reconoce haber vivido en carne propia, con rigor cinematográfico, y para regocijo de quienes buscaban en la sección oficial algo para destacar.

Allí también se vieron varias películas españolas muy diferentes entre sí. El gran Vazquez, por ejemplo, de Oscar Aibar, la historia de Manuel Vázquez, un dibujante de tebeos, historietas populares de la década del 60, mejor conocido por su vida algo disipada y por la caida que sufrió a partir de sus propias transgresiones. Si bien la película lo intenta, no logra ser un auténtico Alex de la Iglesia sino un clon algo desdibujado, lo que mejor tiene es el trabajo de Santiago Segura, en un papel muy diferente al que le toco en las varias entregas de Torrente.
Otro de los films ibéricos vistos fue Pan negro, de Agusti Villaronga. En este caso se trata de la adaptación de un éxito de librería catalán, que recrea una historia de la posguerra en un pueblo rural cercano a Barcelona, donde reina el atraso y donde se esconden una serie de crímenes y rencores atravesados por los enfrentamientos políticos pero fundamentalmente por la brutalidad imperante en ese entonces. La idea de que las únicas víctimas de las hipocresías de los adultos son los chicos, es decir el futuro, queda en claro, pero para entenderlo hay que soportar varios momentos de barbarie muy cruda, que le quitan atractivo al conjunto.
También de la zona catalana es Elisa K, de Judith Collel y Jordi Cardena, en este caso una historia bastante traída de los pelos acerca de una joven que cuando niña fue abusada por un amigo de su padre, hecho que quedó perdido en su memoria hasta que, chan, un buen día reaparece y causa estragos en su presente. Nada nuevo bajo el sol, no obstante fue recompensada con el lauro del jurado.
El cuarto ejemplo en este caso vasco fue Aita, de José María de Orbe. Se trata de una historia que tiene que ver con una vieja mansión, su casero y el cura del pueblo, vecino precisamente a San Sebastián. Estos dos hombres son los protagonistas de una trama que recurre a imágenes y sonidos que recuerdan buenas apuestas por lo experimental, pero que no son para públicos en gran escala sino todo lo contrario. El resultado es hipnótico, mezcla del cine de nuestros Ernesto Baca y Gustavo Fontán, que no es poca cosa. Pero el jurado prefirió dejarla de lado, igual que el de Fipresci, que se quedó con la muy mediocre Genpin, de la japonesa Naomi Kawase, casi un infomercial acerca de un obstetra que tiene como estandarte el parto natural. Lo que propone este médico es altamente positivo, pero no es motivo suficiente como para justificar este trabajo documental sin mayores atractivos que su punto de partida.

Argentina estuvo presente con Cerro Bayo, debut en solitario de Victoria Galardi, con eje en una familia que se ver forzada a reunirse a partir de que la abuela decide tomarse una cantidad de medicamentos suficiente como para morir. Pero como esto no ocurre la cosa se pone bien problemática. Las hijas, Verónica Llinas y Adriana Barraza, están en apuros, los dos nietos –Nahuel Pérez Biscayart e Inés Efron sueñan uno con conseguir el dinero suficiente como para irse a Europa y la otra con lograr el orgasmo tan soñado. Tras una serie de sucesos desafortunados, con algo de humor cínico, todos consiguen más o menos lo que buscaban, no obstante lo único que transmitan sea su obstinada fascinación por el dinero. Pequeña pero muy bien actuada, la película de la cineasta que ya había sorprendido hace dos años con la frescura de Amorosa Soledad, tuvo buena acogida por parte del público pero no por el jurado oficial, a diferencia del especial de TVE que la eligió entre las películas dirigidas por mujeres, para ser comparada por la emisora.
También en la oficial estuvieron la ridícula producción coreana He visto al demonio, de Kim Je-Woon, la superproducción Misterios de Lisboa, del cineasta chileno-francés Raoul Ruiz, o la muy ligerita Amigo, de John Sayles. En categoría de interesante pero solo daba para un corto se encuentra La mezquita, comedia oscura del marroquí Daoud Aoulad-Syad, en tanto la china Adictos al amor es apenas un coqueteo con una historia de la vida contemporánea, donde los mayores se van quedando atrás. Tambien en la oficial se vio la sueca A casa por Navidad, que se llevó el premio a mejor guión y la alemana Colores en la oscuridad,de Sophie Heldman acerca de un matrimonio afectado por la enfermedad de uno de ellos, dispuestos a quitarse la vida juntos.
De lo que no caben dudas es que lo mejor de San Sebastian estuvo en muestras paralelas, como Zabaltegi, donde se vieron buenas cosas que ya pasaron por otros festivales, en Horizontes Latinos, donde se vieron Ernesto apenas tarde, debut como director de Daniel Hendler, y en .doc, que compiló una impresionante selección de documentales de todo tipo, por ejemplo Cuánto pesa su edificio, Mr. Foster, de Norberto López Amado y Carlos Carcas, dedicado al arquitecto Norman Foster, La leyenda del tiempo, de Isaki Lacuesta, apropósito de Ava Gardner en España, o Exit Through the Gift Shop, el dirigido por el graffitero Banksy, dedicado al arte y los artistas que siguen el camino de pintar muros, entre otras intervenciones urbanas o Happythankyoumoreplease, de Josh Radnor.

Una buena retrospectiva resultó la dedicada a Don Siegel, el autor entre otros clásicos de la serie Harry, el sucio.
En cuanto a presencias, una importante fue la del español Rodrigo Cortés, autor de Enterrado, la película rodada íntegramente en el interior de un cajón que se ha convertido en un éxito de taquilla en todo el mundo.

24 ago 2010

Apropósito de cómo se habla del cine nacional

Mucho se habla en la Argentina del cine en relación a la responsabilidad del Incaa en sus resultados tanto cualitativos como cuantitativos y en especial dentro de este último aspecto, relacionados con su recaudación, como si los resultados económicos fuesen la única medida a tener en cuenta cuando se habla de producción cultural.
Al cine nacional se le puede objetar un millón de cosas, como se le pueden objetar a muchas otras cinematografías, pero lo que no se puede hacer es pensar que esas debilidades son pura y exclusivamente patrimonio del cine local. Lo mismo ocurre con las políticas de Estado apropósito del tema y con las formas de aplicación de las mismas. Pero hay que tener bien presente, que la única verdad es la realidad. Y la realidad indica que en la Argentina se produce al año alrededor de medio centenar de películas en soporte fílmico de 35 mm., y otras tantas o más en soportes digitales, que a las salas llegan alrededor de 80 de estos títulos repartidos en salas de todo tipo y con toda la variedad de precios de entradas existentes, que desde el estados solo se manejean un puñado de salas para su exhibición y que en casi su totalidad, estas producciones tienen pocas posibilidades de despliegue publicitario, frente al cine norteamericano que no solo dispone de todas las ventajas de marketing internacional, sino que cuentan con fondos suficientes para campañas descomunales y, como si esto fuese poco, con la complicidad de los grandes circuitos de exhibición (multipantallas) que desaniman la idea de que un film nacional pueda colarse en los shopings cuando hay una fuerte presión de los blockbusters en los que ellos mismos además de bandera, tienen intereses comerciales concretos.
No se puede seguir discutiendo a esta altura del partido, la necesidad de una Ley de Cine y un organismo que vele por su cumplimiento, así como la necesidad de que este apoye a todo el cine local, con particular atención por lo independiente y lo nuevo, que lo guíe a través de jurados responsables, idóneos y sobre todo despojados de intereses que puedan enturbiar sus fallos. No se puede seguir gastando espacio en algunos medios poniendo en tela de juicio la necesidad de que el cine argentino, espejo de todos nosotros, siga existiendo aún cuando la marea del cine norteamericano amenaza con convertirse en un verdadero tsunami.
El Incaa, a diferencia del Teatro Colón, no subsidia a las producciones del cine local con fondos del erario público sino que lo hace con un impuesto especialmente creado a tal fin, que es apenas el 10 % del precio de cada entrada, y del aporte de la TV en materia publicitaria (a través del Confer). Este fondo es el que es derivado a créditos blando y subsidios a muchas producciones que es importante aclarar casi sin excepción son ninguneadas por las grandes empresas distribuidoras (las extranjeras en su totalidad) y por los circuitos, en particular los multipantallas.
Es cierto: solo un puñado de películas son consumidazas por masas importantes de espectadores (cinco o seis al año) y muy de vez en cuando se da un batacazo, pero no obstante es claro que la popularidad del cine local incluso fronteras adentro, justifica la inversión y la pérdida. A los 50.000.000 de pesos que se invierten en películas que aquí son vistas por alrededor de 3.000.000 de espectadores locales se contrapone la “perdida” que significa el Colón, al que concurre una élite más bien reducida de espectadores (aquí no se pone en tela de juicio su condición social ni nada que tenga que ver con su filiación ideológica). En ninguno de los dos casos puede objetarse “pérdida”. Si al cine local, o a parte de las producciones locales hay quienes le objetan su falta de claridad a la hora de los números en relación a su calidad, es simplemente porque el cine está más expuesto a ese tipo de careos. El Colón, precisamente al ser patrimonio de un grupo de entendidos, no es tan fácil de analizar, ni de poder descubrir en los papeles cuales son su zonas débiles, críticas o simplemente corruptas. Que las hubo, las hay y probablemente existirán siempre, solo basta googlear las palabras corrupción+teatro+colón y se tendrá una clara respuesta al respecto. El resultado es 1.600.000 entradas. Suponiendo que muchas se referirán a otros “teatros colones”, podemos restar 600.000 y tendremos nada más ni nada menos que 1.000.000. Probemos ahora con la suma Incaa+corrupción, y tendremos solamente 26.000. Probemos entonces corrupción+cine+argentino y tendremos 44, relacionadas con argumentos de películas
Es que hay tontos que siguen repitiendo como loros que el cine argentino, así definido como una cosa abstracta, es un símbolo de la de corrupción o viveza criolla, al que todavía le tienen más fastidio desde que depende de administraciones que apoyan la producción de nuevo cine, en vez de tomarlo como lo que verdaderamente es: fuente de orgullo de todos los argentinos, apreciado en el mundo entero, en innumerables festivales, y exhibido en muchos casos con muy buena respuesta de público en plazas de las más importantes ciudades, en circuitos muchas veces comerciales.

23 ago 2010

Bicentenario y Cine Argentino: Pasado, presente y futuro

El cine argentino tiene más de un siglo de vida y sigue conmoviendo. Lo hizo cuando era mudo y apenas aprendió a hablar para contar en su idioma, su pasado, su presente y su futuro. El cine argentino vive desde que Eugenio Py filmo “La bandera argentina” en la Plaza de Mayo y desde que Mario Gallo recreó el 25 de Mayo por primera vez, para el Centenario. Pero también desde que hicieron sus películas Agustín Ferreyra, Manuel Romero, Mario Soffici, Lucas Demare, Luis César Amadori, Leopoldo Torre Nilsson, Fernando Ayala, David José Kohon, María Luisa Bemberg, Alejandro Doria, Eduardo Mignogna y Fabián Bielinsky . Hombres y mujeres que acuñaron nuestra memoria.
El cine argentino fue industria, cuando levantó estudios y produjo películas que hicieron temblar a los grandes. Una industria pujante que antes de promediar el siglo XX era observada con admiración y temor incluso por Hollywood y Europa. Una industria que nos legó títulos que son clásicos entre clásicos.
El cine argentino vivió éxitos, pero también sufrió golpes que lo sacudieron, censuras y coyunturas de las que, a pesar de todo, pudo salir cada vez con mayor fuerza. Y así, con cada generación, se renovó para demostrar sin artificios, que nuestra cultura tenía en el cine una forma de mostrarse a pleno.
El cine argentino se multiplicó, y así cuando se creía que todo estaba perdido, se renovó con nuevos nombres, con nuevos estilos y todo por la necesidad de dejar nuestras experiencias en un registro que pudiese transmitirse de generación en generación. El cine argentino fue combativo y clandestino, cuando el país vivió momentos de agitación y rebeldía, y a pesar de quienes cayeron en esa lucha que nunca bajó lo brazos, resurgió una vez más, en busca de una identidad.
El cine argentino triunfó, triunfa y triunfará, aquí con el público, y en el mundo, con reconocimientos de todo tipo, los más importantes.
El cine argentino confía en su público y espera que este le devuelva con aplausos la apuesta por los buenos temas, por su profundidad, por su siempre renovada forma de convencernos, de atraparnos.
El cine argentino fue y es reflejo de sus alegrías y tristezas, de sus verdades, de sus testimonios y de sus ficciones.
El cine argentino apuesta a la autenticidad, no le teme ni a las risas ni a las lágrimas, ni a decir las cosas por su nombre. El cine argentino avanza, nunca retrocede. Por lo contrario crece y en virtud de ese crecimiento se convierte en espejo de todos y de cada uno de nosotros.
El cine argentino grita. El suyo, es un grito que resuena igual que el de la canción patria. Es sagrado porque lo dan escritores, directores, técnicos, músicos, artistas y actores, surgidos del pueblo. Porque lo da el público al aplaudirlo. Al hacerlo, sus voces llegan a los confines de nuestra tierra y dan la vuelta al mundo para dejar huella.
El cine argentino es luz: una luz que llega a la pantalla y vuelve de ella enriquecida por mil colores que se funden en un imaginario esperanzado. Cada película una historia, mil historias, millones de historias. Una esperanza infinita, cada par de ojos una cámara. Y el cine del futuro: ¡qué lindo va a ser verlo!.

BICENTENARIO - 113 AÑOS DE CINE ARGENTINO

En 1895, en pleno Centro de Buenos Aires, se instaló un Kinetoscopio. Aquella forma de ver imágenes en movimiento en forma individual de ver imágenes en movimiento que parecía de feria de diversiones antecedió al gran invento.

En una función organizada por el empresario Francisco Pastor y el periodista Eustaquio Pellicer en el teatro Odeón, la noche del 18 de julio de 1896, se proyectaron los primeros cortos de Louis y Auguste Lumiere, entre ellos La llegada del tren a la estación de la Ciotat, y se escribió la primera página de la historia del cine en la Argentina.

En 1897, el pionero Eugenio Py hizo su primera filmación: La bandera argentina, que mostraba precisamente a la enseña celeste y blanca flameando en lo alto del mástil ubicado en la Plaza de Mayo, justo enfrente de la Casa Rosada. Con aquella imagen del pabellón patrio nació el Cine Argentino.

El Cine Argentino se convirtió en poco más de un siglo de vida, en espejo de la cultura, de las alegrías y tristezas, del imaginario colectivo, de las luchas, de los triunfos y de las heridas de la patria, esa misma patria que ahora festeja el Bicentenario.

En 1909, poco antes de las fiestas en conmemoración del primer Centenario, el italiano Mario Gallo salió a la carga con El fusilamiento de Dorrego, testimonio vivo de una hecho clave en la historia de las grandes divisiones que han signado la historia de la entonces “nueva y gloriosa nación”.

De los varios experimentos documentales de principios del siglo 20 el más importante fue el de Federico Valle, y ya al promediar la segunda década del siglo comenzaría el aluvión de producciones de carácter documental y de ficción de mayor envergadura.

En un congreso de cine de animación realizado en Berlín en 1970, se reconoció que la película argentina El apóstol, de 1917, dirigida por Quirino Cristiani, con producción de Federico Valle, fue el primer de largometraje de animación del mundo.

1. La Revolución de Mayo (1909) Mario Gallo
2. Hasta después de muerta (19186) Eduardo Martínez de la Pera, Ernesto Gunche, Florencio Parravicini
3. El último malón (1918) Alcides Greca
4. La vuelta al bulín (1926) Jose A. Ferreyra
5.
La quena de la muerte (1929) Nelo Cosimi

El periodo 1931-1940 abarca la aparición del cine sonoro y la industrialización del Cine Argentino, así como su expansión al resto de América y Europa. El crecimiento de la industria comienza en 1933, con el estreno de los dos primeros largometrajes sonoros: Tango!, de Argentina Sono Film, y Los tres berretines, de Lumiton.

En la década del 30 surgieron los grandes nombres de la era dorada del Cine Argentino, como Leopoldo Torres Ríos, Mario Soffici, Luis César Amadori, Lucas Demare y Hugo del Carril. Al finalizar la década siguiente, el Cine Argentino alcanzaba su mayor número de producciones al tiempo que “apretado” por Hollywood, que veía peligrar sus grandes negocios en el mundo de habla hispana.

Al finalizar la década del 40, el Estado debió intervenir para asegurar que la oferta nacional siga creciendo frente al avance de Hollywood. Una película, Dios se lo pague, de Luis César Amadori, es ternada como candidata a un diploma de la Academia de Cine de Hollywood a las producciones extranjeras, que más tarde se convertiría en un Oscar.

6. Tango! (1933) Luis Moglia Barth
7. Besos brujos (1937) José A. Ferreyra
8. Kilómetro 111 (1938) Mario Soffici
9. Maestro Levita (1938) Luis César Amadori
10. Mujeres que trabajan (1938) Manuel Romero
11. Prisioneros de la tierra (1939) Mario Soffici
12. Así es la vida (1939) Francisco Mugica
13. El cura gaucho (1941) Lucas Demare
14. La guerra gaucha (1941) Lucas Demare
15. Los martes orquídeas (1941) Francisco Mugica
16. El profesor cero (1942) Luis César Amadori
17. El viejo Hucha (1942) Lucas Demare
18. La maestrita de los obreros (1942) Alberto de Zavalía
19. Candida, la mujer del año (1943) Enrique Santos Discépolo
20. Casa de muñecas (1943) Ernesto de Arancibia
21. Su mejor alumno (1944) Lucas Demare
22. La cabalgata del circo (1945) Mario Soffici
23. La dama duende (1945) Luis Saslavsky
24. La pródiga (1945) Mario Soffici
25. Donde mueren las palabras (1946) Hugo Fregonese
26. Madame Bovary (1947) Carlos Schlieper
27. Dios se lo pague (1948) Luis César Amadori
28. La muerte camina en la lluvia (1948) Carlos Hugo Christensen
29. Pelota de trapo (1948) Leopoldo Torres Ríos
30. Filomena Marturano (1949) Luis Mottura
31. Almafuerte (1949) Luis César Amadori
32. Apenas un delincuente (1949) Hugo Fregonese

Entre 1940 y 1950 los estudios se multiplicaron y la producción también. Hollywood boicotea al cine argentino. Tras el violento golpe a la democracia en 1955, la industria del cine nacional es sacudida. Con el regreso de las instituciones, en 1957, se crea el Instituto Nacional de Cinematografía. En esa época hacen sus primeros largometrajes Fernando Ayala y Leopoldo Torre Nilsson.

33. El último payador (1950) Homero Manzi y Ralph Pappier
34. Los isleros (1950) Lucas Demare
35. Deshonra (1951) Daniel Tinayre
36. El hincha (1951) Manuel Romero
37. Los árboles mueren de pie (1951) Carlos Schlieper
38. Nunca abras esa puerta (1951) Carlos Hugo Christensen
39. Las aguas bajan turbias (1952)
40. El grito sagrado (1953) Luis César Amadori
41. Mercado de Abasto (1954) Lucas Demare
42. Cuando los duendes cazan perdices (1955) Luis Sandrini
43. El jefe (1958) Fernando Ayala

La década del 60 irrumpe con una nueva camada de cineastas que, como en todo el mundo, quieren revolucionar el discurso y las formas de producción convencionales. Es la conocida como Generación del 60, con cineastas como David José Kohon, Rodolfo Kuhn, y el gran Leonardo Favio, con Crónica de un niño sólo y El dependiente, entre otros, que se convertirán en los preferidos de los intelectuales y comenzarán a recorrer el ya por entonces floreciente mundo de los festivales internacionales.

En la década del 60, el poder militar empeñado en sostener viejas proscripciones, sumado a los enfrentamientos políticos civiles que no consiguen modificar esa situación, afectan la producción de cine en la Argentina. El panorama es desalentador, en particular cuando en 1969, nuevamente en dictadura, se oficializa mediante un decreto la “censura cinematográfica”.

44. Alias Gardelito (1961) Lautaro Murúa
45. Los de la mesa diez (1962) Simón Feldman
46. Crónica de un niño solo (1964) Leonardo Favio
47. El romance del Aniceto y la Francisca (1966) Leonardo Favio
48. La hora de los hornos (1968) Fernando E. Solanas y Octavio Getino
49. Invasión (1969) Hugo Santiago

En la década del 70 se abren nuevas perspectivas de democracia y libertad que permiten acceder a un cine que no solo comenzará a interpretar los sentimientos de la gente, como ocurrió con La tregua, que fue candidata al Oscar de Hollywood, sino además volcarse decididamente a la política, haciendo revisión de conflictos silenciados a través del tiempo. Al éxito de Juan Moreira y Nazareno Cruz y el Lobo, se suman los del documental La hora de los hornos, Operación Masacre, La Patagonia rebelde y Quebracho.

La convulsionada “primavera de los 70” termina antes de lo pensado. Un nuevo y despiadado golpe militar que rápidamente se convertirá en el más trágico de la historia argentina, pone nuevamente freno a la creatividad y al surgimiento de nuevos nombres en el Cine Nacional. A pesar de todas estas presiones, un puñado de cineastas se atreven a seguir haciendo cine.

50. Juan Lamaglia y Sra. (1970) Raúl de la Torre
51. Juan Moreira (1973) Leonardo Favio
52. Los siete locos (1973) Leopoldo Torre Nilsson
53. La tregua (1974) Sergio Renán
54. La Patagonia rebelde (1974) Héctor Olivera

En la década del 80, tras la Guerra de Malvinas y la vuelta a la democracia, no solo vuelven a la carga los cineastas con probada experiencia sino también una nueva pléyade que da un impulso nunca antes visto al cine nacional. En poco tiempo la producción comienza a crecer. De esos tiempos es La historia oficial, la primera película apropósito de la apropiación de niños durante la última dictadura militar. La película es la primera argentina en recibir el Oscar de la Academia de Hollywood.

55. Tiempo de revancha (1981) Adolfo Aristarain
56. Camila (1984) María Luisa Bemberg
57. Tangos-El exilio de Gardel (1985) Fernando E. Solanas
58. La historia oficial (1985) Luis Puenzo
59. Esperando la carroza (1985) Alejandro Doria
60. La película del rey (1986) Carlos Sorín

En 1990, tras una década de exilio, regresa Leonardo Favio con Gatica, el mono, y poco después con el documental Perón, sinfonía del sentimiento, obras con las que demuestra su vigencia, en la primera desde la ficción histórica y la segunda desde el testimonio riguroso apropósito de la historia argentina de medio siglo

Entrada la década del 90 el Cine Argentino necesita de un nuevo aliento, y al promediar aquel periodo, nace el que se conocerá como Nuevo Cine Argentino. Con diversas estéticas, pero el común denominador de la juventud, estos cineastas quieren mostrar a la gente de carne y hueso con una nueva mirada y poco a poco con el aporte de la tecnología digital que desde entonces irá democratizando la oferta. Se conocen propuestas como Picado fino, Pizza, birra faso y Mundo Grúa, que se convierten en modelos a seguir, a partir de los cuales emprender nuevos caminos. Se empiezan a cosechar premios y el reconocimiento del público en el exterior. Un título que marca un momento clave es Nueve reinas.

61. Un lugar en el mundo (1992) Adolfo Aristarain
62. Gatica, el mono (1993) Leonardo Favio
63. Pizza, birra, faso (1996) Israel Adrián Caetano y Bruno Stagnaro
64. Perón, Sinfonía del Sentimiento (1999) Leonardo Favio
65. El mismo amor, la misma lluvia (1999) Juan José Campanella
66. Mundo Grúa (1999) Pablo Trapero

A partir de 2002, tras la crisis política con la que comenzó el nuevo siglo, el Cine Argentino retoma con entusiasmo la senda que había comenzado a recorrer con la vuelta de la democracia y la incorporación de nuevos realizadores. Con más fuerza que nunca antes se supera el medio centenar de estrenos anuales.

A los realizadores jóvenes que consiguen premios en los más importantes festivales internacionales, como el del El abrazo partido, se suman éxitos de taquilla que supera el millón de espectadores. El el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales apoya en forma decisiva la producción en sus diferentes alternativas. El crecimiento sostenido, el afianzamiento en la distribución y exhibición, así como el reconocimiento de la crítica y del público, tienen relación directa con la calidad y variedad de la oferta. Iluminados por el fuego, es uno de los grandes títulos de este capítulo.

Como prólogo del Bicentenario, un film argentino, El secreto de sus ojos, recibe numerosos lauros en todo el mundo y en la Argentina se convierte en la película de producción nacional más vista de los últimos 30 años, con 2.500.000 espectadores. En marzo de 2010 recibió el Oscar de la Academia de Hollywood, el segundo para la Argentina.

67. Nueve reinas (2000) Fabián Bielinsky
68. El hijo de la novia (2001) Juan José Campanella
69. El abrazo partido (2003) Daniel Burman
70. Luna de Avellaneda (2004) Juan José Campanella
71. Roma (2004) Adolfo Aristarain
72. El perro (2004) Carlos Sorín
73. El aura (2005) Fabián Bielinsky
74. Iluminados por el fuego (2005) Tristán Bauer
75. Aniceto (2007) Leonardo Favio
76. El secreto de sus ojos (2009) Juan José Campanella

10 ago 2010

Interview: El cine indi de Steve Buscemi

Pierre, un periodista de política, que supo ser corresponsal de guerra, está en un mal momento de su vida. No es su culpa, sino la vida misma que lo ha enfrentado a situaciones difíciles, por ejemplo al estado lamentable en que su mejor amigo regresó de un conflicto bélico de esos muchos en los que participó –y sigue participando- Estados Unidos, quedó en un hospicio. Para sus jefes editores, Pierre debe dar pruebas de que puede seguir siendo útil, y por eso le encomiendan entrevistar a Katya, una actriz de TV exitosa y muy bonita, famosa por sus muchos affaires. A él, que no se caracteriza por su buena onda sino todo lo contrario, le importa un bledo que ella sea famosa y deseable: solo quiere sacarse la nota de encima. De movida chocan como perro y gato, pero poco después un hecho fortuito, un “efecto mariposa”, los unirá en un loft, durante una hora en la que ambos parecen darse vuelta como una media. Pero ¿realmente lo hacen en serio? Por sus profesiones, ambos conocen muy bien lo que es esconderse detrás de una máscara. Más allá de confesiones y mentiras está la verdad. El argumento de Interview, la película dirigida y protagonizada por Steve Buscemi hace ya tres años, que compartió, delante de cámaras solamente con Sienna Miller, no es nuevo. Lo escribió el holandés Theodor Hollman, y en 2003 ya había sido llevado al cine por el artista múltiple y polémico que fue Theo Van Gogh, que murió asesinado a manos de un fanático islamista en Amsterdam, en 2004, cuando tenía 47 años.. Buscemi es un actor muy particular, y todo un símbolo del cine indi de su país. Además de trabajar desde 1992 bajo las órdenes de cineastas de renombre, como Quentin Tarantino, James Ivory, Jim Jarmursch, Abel Ferrara, Tim Burton y los hermanos Coen, entre otros, ha dirigido episodios de series, como Oz, Los Soprano, 30Rock, y largometrajes, el primero en 1992. El actor tardó nueve días en rodar la nueva versión del film que Van Gogh filmó en cinco: “Trajimos el mismo equipo usado en la película original. Rodamos con tres cámaras, tal como hizo Theo. Da mucha más libertad para hacer tomas largas”, reconoce Buscemi. “Es un sistema genial para que los actores que pueden hacer planos sin cortes. Además, teniendo tres ángulos cubiertos, suelen darse buenas sorpresas porque los actores se olvidna que hay cámaras” explicó.
De acuerdo al lenguaje implementado por Van Gogh, todas las escenas se rodaron con tres cámaras digitales3, una dirigida a Buscemi; otra, a Miller y la tercera, la “cámara maestra”, a los dos. “Rodamos 20 páginas de diálogo diarias y como si fuese una obra de teatro, seguimos y seguimos”, recuerda Miller, que en esta propuesta compone el papel más importante de su carrera hasta hoy. Este recurso permitió a los dos únicos actores de este relato hacer su trabajo muy rápido, con mucha espontaneidad. Y eso, para Buscemi lograr espontaneidad, credibilidad y velocidad, era todo un desafío, una puesta a prueba que para el público argentino, se revelará esta semana, tres años después de su pase por los festivales Fantasporto y Gijon.

Fabián Hofman y Te extraño: "Mi propia historia"

Fabíán Hofman vive en México pero sigue con su cabeza pensando en el país donde vivió, de donde tuvo que irse dos veces, la primera acorralado por la dictadura, la segunda ya en democracia, por la crisis. Ahora, de nuevo en Buenos Aires, estrenará pasado mañana Te extraño, su segundo largometraje,coproducción entre ambos paises que tiene como figura central a Fermín Volcoff, secundado por Martín Slipak, Luis Ziembrowski, Edda Díaz y la mexicana Isela Vega. La historia tiene como figura central a un adolescente que aspira a militar en la “acción directa” a comienzos de los años 70 pero que, tras la desaparición forzada de su hermano durante la represión, parte al exilio en México, donde vivirá experiencias que la harán reflexionar acerca de lo ocurrido, antes de emprender la vuelta.
–Sos argentino, estudiaste en Israel, volviste, fuiste docente y hace rato vivís y trabajás en México. ¿Qué fue lo que te llevó a hacer este recorrido?

–Exilios forzados, exilios elegidos...Salí a los 16 años, de un día para el otro, se ensanchó el mundo y se me estrujó el corazón. Después de un año en Río de Janeiro llegué a un país del que casi ni sabía que existía, además de argentino era judío. Volví con la democracia, una vuelta muy difícil a una edad complicada luego de no haber compartido el principio real de la adolescencia y el asco al menemismo me hizo buscar otro horizontes, sólo me falta ser negro.
–¿Qué significado tiene este segundo largometraje en tu carrera?–El primero, Pachito Rex, es un experimento que creo es la conclusión de toda una etapa de pura experimentación. Esta segunda película es algo que vengo masticando desde hace 20 años. No creo que el cine sirva para exorcizar, pero una vez hecho el trabajo duro si puedes reafirmarte.
–¿Cómo surgió y cómo se dio la posibilidad de hacerla un poco en México y un poco aquí?–Desde el guión está planteada la coproducción y la necesidad de filmar en tres países, no se ve forzado porque la historia así lo pide. Justamente no es una de esas donde el actor español no entiendes por qué sale...
–Hay tantas historias como personas, ¿por qué esta historia en particular?–Bueno, creo que porque es la mía...
–¿Es un homenaje personal a un ausente cercano?
–Sí, claro, a mi hermano, y espero que sirva para las futuras generaciones...
–¿En qué medida crees que es una historia más o menos parecida a la de muchos jóvenes que vivieron aquellos años, de ilusiones y desilusiones?–De ilusiones, de ganas de cambiar, de no aceptar las cosas tal como son. La desilusión es no haberlo concretado en esos momentos, pero creo que las generaciones nuevas buscan lo mismo, es otro momento histórico y social, por eso creo que el espectador va a identificarse.
–Hay en Javier dudas que devienen cuestionamientos a la violencia de entonces ¿es una forma de reflexionar acerca de aquellos años?
–No creo en que no haya reflexión en relación a la “lucha armada”, lo que sí creo es que hubo cierto dogmatismo. Esto es lo que la película, de cierta forma, intenta poner en discusión.
–¿Cómo fue la elección del protaonista y el resto de los personajes?

–El punto de vista de la película es el punto de vista de un adolescente, y era fundamental encontrar al actor para componerlo. Visitamos todas la escuelas de teatro para jóvenes que hay por estos lares, hablamos con sus directores, leyeron el guión y nos mandaron propuestas que Norma Angeleri organizó y preparó hasta que nos decidimos por Fermín Volcoff y creo que es uno de los grandes aciertos de la película.
–¿Tenés algún proyecto... pensás en volver?
–El cine es complicado, difícil, pero no se puede dejar... Estoy escribiendo una nueva ficción junto a la cordobesa Gabriela Vidal. Uno, viviendo afuera, siempre piensa en volver, ya me fui dos y volví una...