20 feb 2014
20-2-2014, EL ADIOS A JORGE POLACO
"La gente es mala", dice Polaco con dificultad, mucha dificultad, una y otra vez. Es de lo poco que se le entiende porque el cuerpo, hace ya cinco años, le viene jugando una mala pasada y lo pone, cada vez más, entre la espada y la pared, en especial desde principio de este año, cuando un accidente de poca monta para cualquiera empeoró su cuadro.
Polaco tenía 66 años pero la enfermedad conocida como Mal de Parkinson en una versión muy aguda, que lo tuvo a maltraer.
Tenía, porque ayer, del corazón, en un instituto geriátrico en el que estaba internado hace algunos meses, murió.
"Desde que vi la obra quise hacerla, me pareció muy interesante la historia de estos dos hombres que ya viejos se encuentran, después de 60 años de haberse enamorado cuando eran adolescentes. Es la historia más simple de las que conté hasta ahora en el cine", me dijo en septiembre con gran esfuerzo.
Su departamento, blanco como todos los que siempre tuvo, ya sea en San Telmo, Microcentro o Barrio Norte, no se diferenciaba de los otros, pocos objetos o muebles, en él se recorta una gran máquina para hacer gimnasia que quizás lo ayudaba a recuperar su falta de tensión muscular.
"Ayer estuvo por aquí Lucrecia Martel", comenta acerca de la cineasta que lo visitó en los días previos al estreno de "Príncipe azul”, la nueva apuesta de una obra que inició con el recordado mediometraje "Margotita", acerca de una mujer que resultaba revulsiva para unos, magistral para otros.
Hay algo que el cine de Polaco es difícil de definir dentro de un género clásico: para algunos es vanguardia, para otros experimental, para los que encajan todo en un grupo, drama pero para los que se sienten más libres a la hora de las definiciones, transgresor como pocos, y ese mote que surgió cuando estrenó su primer largometraje, "Diapasón", lo ha perseguido desde entonces.
A Polaco, como al último Favio, lo acorraló un mal neurológico que le impedía movilizarse y expresarse con facilidad, una circunstancia que le dificultó hace año y medio, el rodaje de este filme de cámara, que llegó a las pantalla cuando todavía siguen pendientes los estrenos de "Kindergarten", aquella obra injustamente prohibida por un recurso particular y la inmediata anterior, "Arroz con leche".
Curiosamente, Polaco siempre tuvo entre sus obsesiones el cuerpo y la vejez, y lo hizo tanto en aquella "Margotita" como en "Diapasón", "En el nombre del hijo" y en "Kidergarten", que no se refería precisamente a un jardín de infantes, y en las siguientes, en especial en "Viaje por el cuerpo" y en la inédita "Arroz con leche", que mostraba una curiosa rebelión en un geriátrico.
Los personajes de Polaco, cargan culpas y se arrepienten de lo no hecho, en “Diapasón”, fue un aristócrata decadente que ha cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, no ser feliz, y que mezcló absurdamente antiguas y odiadas recetas de familia, el amor con lo que tiene que ser, la belleza con el esteticismo, hasta darse cuenta, tarde, que envejeció y, entonces de qué sirve el arrepentimiento que convierte en amargas las horas del epílogo.
Es que en las historias de Polaco aparece un discurso literario rico que no se ve porque está traducido al lenguaje del cine, es un lenguaje fuerte que pega directamente en el estómago, que juega a las contradicciones, de buscar la belleza de aquello que dentro de las convenciones es rechazable, inaceptable, y que, además, no tiene escapatoria, como la vida misma.
Luego, “En el nombre del hijo”, fue Edipo desesperado por darse un lugar, por ser, y en “Kindergarten”, viejos y jóvenes se plantean en curiosa elipsis el si volvieran a nacer cuántas cosas hermosas podrían ocupar más tiempo en su existencia, una vida de recuerdos hermosos más allá de la locura con la que convivieron y de la que finalmente solo escapan los marginados, los ancianos, los locos y los niños, una curiosa esperanza que no se concreta porque ya no queda tiempo.
Algo parecido ocurría en esa singular exposición de lo salvaje y loco que fue “El tutor”, su única experiencia teatral, que recordaba el tema de “el niño salvaje”, con la peculiar impronta de un autor que grita a través de sus obras, porque cada uno de sus personajes vive atormentado por su propia insignificancia frente al tiempo que deteriora la belleza física y su solidez, su capacidad de sostenerse por los propios medios, tal como a él mismo, a los 65 años, le ocurre.
“Príncipe azul” es, en ese sentido, un trágico pas de deux, en este caso de dos ancianos, uno con gran dificultad para moverse, por un paisaje que es una mezcla de parque con grandes cruces de cementerio, maniquíes que emanan una curiosa sensualidad pero están tan desnudos como desarmados en medio de ruinas, que se reencuentran y rechazan por desagradables en referencia a lo que fueron, que danzan una danza final, oscura, amarga.
Ariel Bonomi y Harry Havilio son los encargados de transmitir esas sensaciones y esos sonidos por momentos guturales de Juan y Gustavo, después que un extraño coro, linyera y cura incluido, les da la bienvenida a este último acto de sus vidas, el del recuerdo de lo que no fue ni podrá ser, por más que fuercen el contacto físico. Son los actores fetiche del cineasta, aquellos en los que él mismo se proyectó y sigue proyectando.
La estética de Polaco fue en el caso de "Príncipe azul" más que nunca antes, la del decorador de vidrieras que fue (en locales de la calle Florida), en viejos tiempos, cuando también participó, en París y tras egresar de Letras en la UBA, en los seminarios de Lacán: el cine de Polaco es su discurso, finalmente, frente a un analista imaginario, que busca entre un público que puede admirarlo tanto como rechazarlo y convertirlo en un cineasta maldito, en suma mezcla de maniquíes rotos con la “teoría del goce”.
Su cine no es simple y para cualquiera sino todo lo contrario y verlo es toda una prueba porque de su visión deviene inexorablemente un análisis, la mayoría de las veces, de cosas que son muy difíciles de aceptar porque tienen que ver con tópicos de compleja resolución, como lo son la vida y la muerte y el proceso de vejez que entre esos dos estados se desata.
“Príncipe azul” marca el momento culminante de la obra de Polaco, su “hasta aquí llegué”, un canto desesperado, un grito que no contiene palabras sino onomatopeyas, una invocación, un pedido de auxilio, un ruego de redención, mezcla de circo con reproches, con cuerpos que hacen lo que pueden porque la vejez los abofetea para mostrarse bellos cuando dejaron de serlo. Un estertor.
Adiós Jorge.
“LA GRANDE BELEZZA”: EL CINISMO, UN ARMA CONTRA LA DESESPERACION
A partir de la historia de un escritor y periodista napolitano, hace años en la Roma, como ya es su costumbre inmersa en sieno de la frivolidad y la corrupción, el cineasta Paolo Sorrentino propone en “La grande bellezza” una mirada cínica y poética a la vez.
La película comienza con canto gregoriano y un cañonazo, en pleno amanecer romano, donde un ciruja duerme en el banco de una plaza y un hombre en camiseta lava su rostro con el agua de una fuente que, seguramente, es histórica, de hace cientos de años, de golpe, imágenes interrumpidas por las de una mujer tatuada que se prepara a bailar una versión remixada de "Far l'amore", de Bob Sinclair y Rafaella Carra.
Prologa un texto de Celine: "Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.. Va de la vida a la muerte. Personas, animales, ciudades y cosas, todo es inventado. Es una novela, nada más que una historia ficticia… Y además cualquiera puede hacer otra. Basta cerrar los ojos. Está en la otra parte de la vida”, dice y poco después sigue el mambo.
Paolo Sorrentino y el coguionista Umberto Contarello, inventaron un alter ego llamado Jep, de larga experiencia, que llegó a los veintipico a Roma, que pasó los 60 y tiene esa cualidad poco común de poder meterse en cualquier lugar, ya sea de una clase social o de otra, una calle oscura o luminosa, frente a la soledad o a la multitud puro bullicio, y ver más allá de lo que aparente, porque de alguna forma está de vuelta.
Sin embargo, para Jep Gambardella, esa particular manera de ver el mundo que lo rodea le da tanta satisfacción como dolor, por un lado el placer de poder observarlo como un gran cuadro, una especie de puesta en escena a lo Brueghel en la que aquí y allí se tejen negocios, romances, se mueven los hilos del poder, manejados por gente desesperada.
Ricos de la noche a la mañana, políticos, mujeres de la alta sociedad, criminales, ladrones de guante blanco, periodistas, personajes de la farándula, vedettongas, prelados, intelectuales, de los verdaderos y los falsos, a fin de cuentas el vasto universo de una sociedad que se autoproclama moderna, parecen morir cada noche y renacer poco después.
Todos ellos se recortan cuando Jep, o la cámara de Servillo se les acerca, pero cuando se les aleja hasta ponerse en los ojos del espectador que los sigue con atención son apenas seres vivos que como piezas de un gran rompecabezas conforman una masa que se agita, desesperada en jardines de villas lujosas, terrazas de palacios de la Ciudad Eterna.
Dice Jep “No solo quería ser mundano sino ser el rey de los mundanos, no solo participar de las fiesta sino hacerlas fracasar”, mientras marcha al encuentro con un viejo conocido, el viudo de una mujer a la que el escritor deseaba pero no pudo hacer suya.
Si bien “La grande bellezza” no es episódica, si en cambio una suma de aguafuertes con diferentes personajes e historias que este singular guía ayuda a observar en un espejo fiel o deformante, que expone las miserias de la decadencia, del no futuro, del vacío que las pantallas de los televisores intentan llenar con espectáculos colorinches.
Desesperanzado, Sorrentino muestra a Roma desde los ojos de una napolitano que la viene observando embelesado hace rato, finalmente convertida en un “un bonito cadáver”, una vieja y hermosa ciudad de perdedores que se creen ganadores, porque al fin y al cabo todos como anticipa Discépolo en “Cambalache”, finalmente “allá en el horno nos vamo a encontrar”.
Para Sorrentino, Jep “…es un desencantado sentimental, un decepcionado del sexo y las aventuras, que va a la gran ciudad y utiliza el cinismo para defenderse de la ciudad. Pero todos los cínicos esconden un lado sentimental que en el caso del protagonista de Jep se aprecia en la visión del fantasma de la chica de la que estaba enamorado de joven”.
La cámara de Sorrentino, maravillosamente guiada por el director de fotografía Luca Bigazzi, gira alrededor de los personajes, vuela como si estuviera montada en un dron, vuela por lugares que el protagonista solo podría recorrer en sueños: son imágenes impactantes, que conmueven, que la convierten en una pieza única.
El filme, que ya ganó el Globo de Oro, es uno de los finalistas al Oscar a mejor película en lengua no inglesa, que serán entregados el 2 de marzo en Los Ángeles, y compite con la belga “Alabama Monroe”, de Felix van Groeningen, “La cacería”, de Thomas Vinterberg y “L’image manquante”, del coreano Rithy Pahn y la palestina "Omar", de Hany Abu-Assad.
La película, desde su presentación en la competencia oficial en el último Festival de Cannes y su estreno en varios países incluso en los Estados Unidos, además de premios y nominaciones, ya recaudó más de 10 millones de dólares, posicionándola como una de las producciones italianas más exitosas de los últimos años.
En Cannes, el filme fue comparado con “La dolce vita”, el clásico de Federico Fellini y el periodista de Servillo con el paparazzo de Marcello Mastroianni, no obstante también se detecta también la observación desesperanzada de “La voce de lla luna”, el último trabajo del cineasta de Rimini, y también de “La terraza”, de Ettore Scola, no obstante Sorrentino prefiere que no se lo compare con “obras maestras”.
“Mi intención era observar a personajes muy diferentes, con una mirada tierna y afectuosa. Detrás de cada uno de esos personajes hay melancolía, sufrimiento, historias personales y no tengo ningún problema en reconocer que en entre esos personajes también estamos nosotros, al borde de las desesperación”, reconoció Sorrentino en su paso por Cannes. (versión aumentada de la publicada por Télam).
11 ene 2014
ANTONIO CEZAR, SALVADOR DE BAHIA, ARENA Y SUEÑOS
ESCULPIENDO EN LA ARENA
Por Claudio D Minghetti
En Alemania hay un festival de escultores de arena que se llama Sandstation, porque es la ciudad con mayor cantidad de bares con playas artificiales de Europa. Por eso se llevan casi 2000 toneladas de fina arena a un campo lindero a la estación ferroviaria, de alrededor de 6000 metros cuadrados. Allí se exhiben una veintena de figuras, algunas muy altas, que parece sacadas de relatos de ficción fantástica. Y allí viajan artistas de lugares remotos, la India, Australia, Rusia. El bahiano Antonio Cezar nunca estuvo allí y es probable nunca viaje al “primer mundo”·.
En Europa hay otros siete encuentros de escultores de arena de todo el mundo. Sin embargo hay uno que falta, porque se confunde entre los que venden jugosos cocos con pajita, los que ofrecen cerveza, los que venden anteojos de sol de celuloide, llaveritos y cintitas, queijo de colhao con orégano y miel, bronceador en frasco o sachets, sombreros de paja, alquilan miles de sombrillas colorinches, chicos con inflables de todo tipo que le sacan el jugo al mar calmo, tibio y transparente, solo exultante cerca de la hora en que el sol parece fundirse con el horizonte.
Salvador de Bahia de Todos los Santos es una ciudad de la que todo el mundo habla. Quizás porque de ella escribió Jorge Amado y allí mismo, en Pelourinho, tuvo lugar la pasión de Vadinho y Doña Flor, o porque se supone que por sus calles y playas no solo corre el sonido de los tambores, sino también el de las escuelas de carnaval, la brujería y los palitos con cangrejos cocinados listos para ser el plato típico de aquella tierra sinuosa donde la frase bíblica “pobres habrá siempre”, tiene un peso que opaca a los rascacielos y a los shoppings rodeados de villerío.
Hace veinte años, Antonio cumple con un ritual diario en la Praia do Farol da Barra, frente a la rambla de la Avenida Oceánica y la calle Marques de Caravelas, desde muy temprano, llevando objetos diversos tres o cuatro grandes palas de tierra, dos o tres de las que usan los chicos para construir sus canales y castillitos, una regadera a la que pone y saca su pico de ducha, algunos palos, y unos pomitos que parecen de nuestra Plasticola y una olla donde mezcla anilinas o temperas de colores , con los que improvisa un aerógrafo, esos que, es seguro, nunca conoció.
Con paciencia de chino y talento de artista medieval, o de esos obreros escultores italianos que decoraron el Hollywood del cine mudo o las fachadas de la Avenida de Mayo, Antonio comienza armando una cuña de unos seis o siete metros frente al lugar por el que desfilará su público, de un metro de alto donde en seis o siete horas construirá imágenes que tienen que ver con la tentación y el misticismo de aquel que día a día y moneda tras moneda, porque los billetes aparecen poco, se convierten en protagonistas de la segunda de las playas más populares.
La avenida que bordea la costa de Bahía desde la esquina que apenas se oculta el sol se convierte en una feria de los milagros, aunque los milagros no existen y con suerte un grupo de músicos tocan mas temas de Louis Armstrong y Frank Sinatra que de los poetas que hicieron de lugar un mito está siendo reciclada a un estilo que más tiene de universal, igual al que puede verse en Madrid o en la Buenos Aires de Macri. Mientras las palas mecánicas y los operarios que hacen lo suyo a más de 40 grados de calor solar, Antonio suda la gota gorda con sus deidades .
Depende de dónde empiece, arranca con un auto deportivo o la imagen de Tutankamon tal como se la ve cerquita de las pirámides de Keops. Antonio le da a la pala hasta amontonar la cantidad de esa arena ideal para meter dentro de un relojito de vidrio, suficiente para dar cuerpo a ese automóvil al que una vez que termina de marcar la profundidad de sus surcos, de la carrocería, las puertas y las ruedas que hasta tienen las mismas estrías de las originales de goma, decora con tapa cubiertas auténticos, cerradura con llave y hasta con espejito retrovisor.
A su lado, una garota con cintura de avispa, bien provista de un trasero con forma de manzana y pechos imponentes, monta una motocicleta en carrera, a su lado, un personaje apolíneo, tiene enroscada en su cuerpo una serpiente de aspecto y sentido fálico, otras veces la chica (que no es la de Ipanema amada por Vinicius) está recostada sobre el túmulo con un brazo extendido que termina en una mano con todos sus dedos en perfecta escala y de lejos, posta, parece esa mujer de la que todos podemos enamorarnos en menos de lo que canta un gallo. Sudor, mucho sudor.
A esa altura del partido, Antonio, que siempre está descalzo a pesar del calor de brasa que la arena exhibe desafiante, necesita algo de líquido. Y por allí aparece la botellita de agua mineral o la lata de cerveza. Después vienen los peces tipo salmón o los rostros de Jesús y Bob Marley. No es raro porque allí sobre la arena, Antonio despliega frases que hablan de esperanza y fuerza pra frente: “Si crees que todo está perdido y solo te queda cruzarte de brazos, pensá que el hombre más grande del mundo murió con los brazos abiertos". El viento, a veces, le susurra al oído.
Antonio a veces está entusiasmado, y a veces se desilusiona, especialmente cuando los pixotes del lugar empiezan a molestarlo, a burlarse de su obra, y hasta robarle esos detalles de realismo, como el casco de la motociclista. En ese subir y bajar de ánimo también está el juego, ese que asoma cuando Antonio se sienta en uno de los extremos, apoya el codo en una de sus piernas y su mandíbula en la mano, a la espera que los que sacan fotos se acuerden de que él sobrevíve de eso, de su supervivencia depende las moneditas que le arrojan, cual fuente de los deseos.
Cuando el mar sube demasiado y la gente empieza a invadir su caminito con pisadas molestas, cuando no tiene la respuesta generosa de nacidos y criados o turistas, o quizá la sorpresa de algún indeseable lo pone de mal humor, se termina todo: pala en mano, Antonio golpea sus estatuas hasta que vuelven a ser la nada anterior a la intervención del artista. De golpe, Antonio desaparece sin que nadie se de cuenta, una despedida que lo lleva a su casa, seguro muy humilde, donde cenará pobremente, una feijoada y una cerveza y se recostará para soñar con sus figuras.
Cuentan que George Melies, desilusionado del futuro de sus obras, intentó destruirlas, igual que muchos escritores con sus manuscritos. Es que Antonio tiene aquel espíritu creador de quienes a pesar de su talento creen que no es suficiente, y prefieren el olvido. Sin embargo, a pesar de que la pala puede hacer desaparecer aquellas imaágnes, al otro día vuelven a aparecer.
Antonio no está muy convencido que el Mundial de Fútbol lo ayude demasiado a juntar más monedas. Quizás por eso no dibuje a Pelé ni a Maradona. Tampoco hace imágenes por encargo. El tiene su repertorio y lo repite, salvo que llueva, los 365 días del año. Tiene alrededor de 60 años y es muy tímido. Confiesa que la idea de hacer esto surgió cuando vio algo así en una telenovela. Seguramente nunca viajará a Berlín para mostrar su talento. Se llama Antonio Cezar. Los bahianos lo consideran parte del paisaje urbano. Los turistas lo fotografían. Si viaja a Salvador, no se olvide de él.
A su lado, una garota con cintura de avispa, bien provista de un trasero con forma de manzana y pechos imponentes, monta una motocicleta en carrera, a su lado, un personaje apolíneo, tiene enroscada en su cuerpo una serpiente de aspecto y sentido fálico, otras veces la chica (que no es la de Ipanema amada por Vinicius) está recostada sobre el túmulo con un brazo extendido que termina en una mano con todos sus dedos en perfecta escala y de lejos, posta, parece esa mujer de la que todos podemos enamorarnos en menos de lo que canta un gallo. Sudor, mucho sudor.
A esa altura del partido, Antonio, que siempre está descalzo a pesar del calor de brasa que la arena exhibe desafiante, necesita algo de líquido. Y por allí aparece la botellita de agua mineral o la lata de cerveza. Después vienen los peces tipo salmón o los rostros de Jesús y Bob Marley. No es raro porque allí sobre la arena, Antonio despliega frases que hablan de esperanza y fuerza pra frente: “Si crees que todo está perdido y solo te queda cruzarte de brazos, pensá que el hombre más grande del mundo murió con los brazos abiertos". El viento, a veces, le susurra al oído.
Antonio a veces está entusiasmado, y a veces se desilusiona, especialmente cuando los pixotes del lugar empiezan a molestarlo, a burlarse de su obra, y hasta robarle esos detalles de realismo, como el casco de la motociclista. En ese subir y bajar de ánimo también está el juego, ese que asoma cuando Antonio se sienta en uno de los extremos, apoya el codo en una de sus piernas y su mandíbula en la mano, a la espera que los que sacan fotos se acuerden de que él sobrevíve de eso, de su supervivencia depende las moneditas que le arrojan, cual fuente de los deseos.
Cuando el mar sube demasiado y la gente empieza a invadir su caminito con pisadas molestas, cuando no tiene la respuesta generosa de nacidos y criados o turistas, o quizá la sorpresa de algún indeseable lo pone de mal humor, se termina todo: pala en mano, Antonio golpea sus estatuas hasta que vuelven a ser la nada anterior a la intervención del artista. De golpe, Antonio desaparece sin que nadie se de cuenta, una despedida que lo lleva a su casa, seguro muy humilde, donde cenará pobremente, una feijoada y una cerveza y se recostará para soñar con sus figuras.
Cuentan que George Melies, desilusionado del futuro de sus obras, intentó destruirlas, igual que muchos escritores con sus manuscritos. Es que Antonio tiene aquel espíritu creador de quienes a pesar de su talento creen que no es suficiente, y prefieren el olvido. Sin embargo, a pesar de que la pala puede hacer desaparecer aquellas imaágnes, al otro día vuelven a aparecer.
Antonio no está muy convencido que el Mundial de Fútbol lo ayude demasiado a juntar más monedas. Quizás por eso no dibuje a Pelé ni a Maradona. Tampoco hace imágenes por encargo. El tiene su repertorio y lo repite, salvo que llueva, los 365 días del año. Tiene alrededor de 60 años y es muy tímido. Confiesa que la idea de hacer esto surgió cuando vio algo así en una telenovela. Seguramente nunca viajará a Berlín para mostrar su talento. Se llama Antonio Cezar. Los bahianos lo consideran parte del paisaje urbano. Los turistas lo fotografían. Si viaja a Salvador, no se olvide de él.
12 nov 2013
“MAR DEL PLATA”, EL DEBUT DE IONATHAN KLAJMAN Y SEBATIAN DIETSCH, EN EL LARGOMETRAJE
Los directores debutantes Ionathan Klajman y Sebastián Dietsch proponen en “Mar del Plata” una historia acerca de dos amigos su impensado viaje a la costa y su reencuentro con el pasado, en tono de comedia.
Joaquin y David, dos amigos, viajan a Mar del Plata al mismo tiempo que Elena y Lautaro, marido y mujer; Lautaro es un escritor exitoso y acaba de lanzar una novela; Elena, su esposa, fue novia de Joaquín, al que abandonó. El destino los cruza, y lo que pintaba maravilloso, termina siendo… la vida.
Los directores saben cómo resolver una historia sencilla, un ejercicio para seis personajes, con talento, prolijidad, recursos técnicos que superan la media de corrección y una especial atención por diálogos precisos y agudos para criaturas graciosas, y patéticas, con un casting perfecto.
La selección de los cineastas amigos dejó frente a cámaras actores que crecen, como Panlo Pérez, Gabriel Zayat, Lorena Damonte, Pablo Caramelo, Daniela Nirenberg y Cecilia Echagüe.
Ionathan Klajman nació en Israel y Sebastián Dietsch en la Argentina, pero los dos coincidieron en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC), del INCAA, y tras muchos proyectos en el aire coinciden en una obra de extrema e inexorable coherencia.
¿Cómo surgió la idea, y si fue de los dos, o de cuál de los dos?
Klajman: El guión de la película lo escribí hace algunos años. La idea surgió a partir de un viaje que hice con un amigo a Mar del Plata. Ojo, solo eso. La idea. "Ojalá me hubieran pasado todas las cosas que le pasan a Joaquín y David en la película". No, mi vida es más aburrida.
El guión pasó por una supervisión con el dramaturgo Ricardo Monti, que me ayudó mucho a pulir la estructura y darle más identidad a los personajes. Después apareció Sebastián, con el cual somos amigos de nuestra época de estudiantes de cine en la escuela del INCAA.
A Sebastián le gustó el guión y a partir de ese momento comenzamos con la idea (delirante) de empezar a juntar plata para hacerlo de manera independiente. Cosa que después, no sucedió.
Dietsch: Tuvimos mucha suerte. Ganamos un concurso del INCAA llamado “Películas Digitales” con dinero como para hacerla profesional. Con nuestro dinero y en ratos libres, la habríamos estrenado en 15 años, estresados y pobres. Estamos contentos porqué de esas tres cosas pudimos evitar la primera.
¿La cuestión era volcar experiencias personales y unirlas?
Klajman: La verdad que no. Pero agradezco como un halago cuando me dicen que la historia es autobiográfica, eso significa que los personajes son verosímiles. Obvio, uno proyecta cosas de su vida. Esos amigos son un poco, en parte, como la relación que tengo con mi hermano, por ejemplo.
Pero no dejan de ser elementos sueltos y proyecciones. Tampoco es que me estoy golpeando y peleando de esa manera con mi hermano todo el tiempo, básicamente porque mi hermano sabe karate.
¿Cuál es el cine que los inspira, o están en una búsqueda propia?
Dietsch: El cine en general no es para mí un objeto de inspiración. Lo disfruto más como espectador. Obvio, uno ve tal película y dice: "Que bueno hacer algo así". Pero en definitiva el proceso creativo parte de otros lados, que tienen que ver con escribir cosas que, para empezar, me hacen reír a mí.
Igual te nombro directores de cine que me gustan porque nos encanta hablar de cine. Acá va mi lista: Woody Allen (las primeras películas mucho más), Mel Brooks, Todd Phillips, Alex de la Iglesia, y fuera del cine Los Simpsons, Ricky Gervais, los cuentos de Roald Dahl, Quino, Caloi, Liniers...
¿Es fácil o difícil dirigir de a dos?
Klajman: La verdad es que tenemos mucha afinidad humorística, nos causan gracia las mismas cosas, y pudimos construir un código durante los ensayos que después, en el rodaje, simplemente nos limitamos a reproducir.
Dietsch: El proyecto tuvo un proceso tan largo, que tuvimos mucho tiempo para ensayar, para pensar las escenas… En el momento de decidir cosas concretas, los dos estábamos en la misma sintonía y salvo alguna que otra cosa, nunca tuvimos que debatir mucho. No podíamos darnos ese lujo.
-¿Qué es lo que nos hace reír de nuestra propia en una pantalla?
Klajman: Creo que la desgracia ajena, en su justa medida, vista con la considerable distancia, nos causa mucha gracia Quién dijo: "Tragedia más tiempo: Comedia", bueno, tenía razón. Salvo que te caigas en un pozo con chiuauas carnívoros, eso siempre va a ser trágico.
El señor que se resbala con una cáscara de banana en la calle es gracioso, no importa si se acaba de dislocar un par de vértebras en el camino. Lo que es terrible, pero acá me informan que tiene obra social, así que podemos reírnos sin culpa.
Dietsch: Es una comedia de personajes medio patéticos, en momentos patéticos de sus vidas. Todos los tuvimos y los tenemos. De esos momentos salen las mejores anécdotas. Nadie quiere escuchar la anécdota divertida de un tipo ganador: no es divertida. En todo caso nos va a dar envidia.
A todos nos han pasado situaciones que en su momento fueron un poco dramáticas pero con el tiempo se transforman en anécdotas divertidas. La comedia necesita personajes a los que no les vayan muy bien las cosas. Que es lo que nos pasa generalmente en la vida.
¿Planes a futuro: piensan seguir dirigiendo juntos?
Klajman: Mientras Sebastián siga usando sombreros con frutas tropicales colgando no podré seguir trabajando con él.
Dietsch: Obviamente, es mentira lo que dice Ionathan. A no ser que ahora a las uvas y las ciruelas se las considere tropicales.
Klajman: La verdad es que con Sebastián somos grandes generadores de proyectos... que después abandonamos estrepitosamente. Ahora estamos escribiendo, cada uno, su película por separado. Dos comedias.
Dietsch: Entre los muchos proyectos que tenemos, el de plantar un árbol lo desechamos por aburrido. Pero hay muchos otros, como series de TV, cortos e incluso historietas, que estoy seguro en el futuro vamos a poder concretar, “Mar del Plata” fue el primero.
(esta entrevista fue publicada en forma abreviada por Télam, el 7 de noviembre
23 oct 2013
ENTREGARON LOS PREMIOS CONDOR 2012
El que gana los premios a Mejor Película y Mejor Director, encima mejor guión, aunque compartido, y Mejor Actriz, y Actris de Reparto es, obviamente, el gran yriunfador de cualquier premio, y asì ocurrió esta vez con "Infancia clandestina", el gran filme de Benjamin Acila que brilló en la 61 noche de los Premios Condor, de la Asociaciòn de Cronistas Cinematográficos de la Argentina (ACCA) que tengo el orgullo de conducir.
El lunes 7 de octubre en el Teatro Avenida, y televisado, en diferido, por la Televisión Publica, se realizo “LA GRAN FIESTA DEL CINE NACIONAL” donde la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina como es tradición desde 1942 ´hizo entrega de los Premios Cóndor de Plata.
En esta 61º entrega se otorgaron los premios a lo mejor de la filmografía del año 2012 así como los Premios Cóndor de Plata a la Trayectoria.
La película “Infancia Clandestina” recibió el Premio Cóndor de Plata a la Mejor Película y Benjamín Ávila el Cóndor de Plata al Mejor Director por el mismo filme.
La película con mayor cantidad de premios fue “El Ultimo Elvis” con 7 estatuillas, seguido por “Infancia Clandestina con 5, “Días de Pesca” con 2 y “Atraco!”, “Cornelia Frente al espejo”, Crónica de la muerte de Paco Uribe”, “El etnógrafo”, “El pozo”, “La revolución es un sueño eterno”, “La separación” y “Todos tenemos un plan” con 1 cada una.
Los Premios Cóndor de Plata a la trayectoria este año fueron otorgados a la Sra. Dora Baret (Actriz), la Sra. María Concepción Cesar (Actriz), la Sra. Eva Landek (Directora), la Sra. Adela Montes (Periodista) y el Sr. Oscar Robito (Actor).
También se entrego un Premio Especial al Rock Nacional por los 40 años del estreno de la película de Aníbal Uset “Hasta que se ponga el sol” y los 30 años del estreno del film de Héctor Olivera “Buenos Aires Rock”.
MEJOR PELÍCULA: INFANCIA CLANDESTINA
MEJOR DIRECTOR: BENJAMIN AVILA (por Infancia Clandestina)
MEJOR ACTOR: ALEJANDRO AWADA (por Días de pesca)
MEJOR ACTRIZ: NATALIA OREIRO (por Infancia Clandestina)
MEJOR ACTOR DE REPARTO: DANIEL FANEGO (por Todos tenemos un plan)
MEJOR ACTRIZ DE REPARTO: CRISTINA BANEGAS (por Infancia Clandestina)
REVELACIÓN MASCULINA: JOHN McINERNY (por El ultimo Elvis)
REVELACIÓN FEMENINA: ANA FONTAN (por El pozo)
MEJOR DOCUMENTAL: EL ETNOGRAFO (de Ulises Rosell)
MEJOR OPERA PRIMA: EL ULTIMO ELVIS (de Armando Bo)
MEJOR GUIÓN ORIGINAL(Compartido):
NICOLAS GIACOBONE Y ARMANDO BO (NIETO) (El ultimo Elvis)
BENJAMIN AVILA Y MARCELO MÜLLER (infancia clandestina)
MEJOR GUIÓN ADAPTADO: EUGENIA CAPIZZANO Y DANIEL ROSENFELD
(CORNELIA FRENTE AL ESPEJO) (Sobre cuento homónimo de Silvina Ocampo)
MEJOR FOTOGRAFÍA: JULIAN APEZTEGUIA (Días de pesca)
MEJOR MONTAJE: PATRICIO PENA (El ultimo Elvis)
MEJOR DIRECCIÓN DE ARTE: DANIEL GIMELBERG (El ultimo Elvis)
MEJOR MÚSICA ORIGINAL: SEBASTIÁN ESCOFET (El ultimo Elvis)
MEJOR SONIDO: MARTIN PORTA (El último Elvis)
MEJOR VESTUARIO: WALTER JARA (La revolución es un sueño eterno)
MEJOR CORTOMETRAJE: CRONICA DE LA MUERTE DE PACO URIBE (de Santiago
Canel)
MEJOR PELÍCULA IBEROAMERICANA: ¡ATRACO! (de Eduard Cortés) (Argentina– España)
MEJOR PELÍCULA DE HABLA NO HISPANA: LA SEPARACION (Jodaeiye Nader az
Simin) (de Asghar Farhadi) (Irán)
CONDOR A LA TRAYECTORIA:
DORA BARET (Actriz)
MARIA CONCEPCION CESAR (Actriz)
EVA LANDECK (Directora)
ADELA MONTES (Periodista)
OSCAR ROVITO (Actor)
Premios Cóndor Especiales para el Rock Argentino a los 40 años del estreno del film de Anibal Uset “HASTA QUE SE PONGA EL SOL” y los 30 años del estreno de la película de Hector Olivera “BUENOS AIRES ROCK”.
18 sept 2013
GUSTAVO POSTIGLIONE: "LEJOS DE PARIS"
(San Juan) Gustavo Postiglione sorprende, a más de veinte años del estreno de “El asadito”con un filme experimental, autorreferencial, que tiene como eje su idea acerca de Rosario, su ciudad natal.
Postiglione es claro al mirar a Rosario, dice, como “una mujer o un par de tetas”, y desde ese momento, en el que registra a mujeres, a sus pechos, sus movimientos, con más o menos luz pero siempre con un foco exacto, recorre no solo Rosario sino todo aquello que le refiere a su paisaje urbano, a su recorte costero, al imponente río, a sus rascacielos de siglo 21, a sus calles, que pueden ser de Buenos Aires o de Nueva York, como dice, a sus bares, pero en especial a su alma.
“Lejos de París” es una propuesta que se aleja de lo convencional, y así como “Días de mayo”, acerca del Cordobazo y la juventud intelectualizada-cinéfila de entonces con efectiva inspiración nuevaolista, lograba una nueva lectura de viejos tiempos, esta vez la sorpresa está dada por su ángulo de observación.
La mirada del director es similar a la de un turista que, sin embargo, en verdad conoce muchas de las verdades que se esconden en las imágenes que registra, y por eso recuerda al Wong Kar Wai, que observó una Buenos Aires diferente en “Felices juntos”, y a Sofía Coppola en “Perdidos en Tokio”, un verdadero rompecabezas de frase cortas que reflexionan desde el fuera de cámara con su voz y con la interpretación de aquello que ve, en la pantalla.
Los formatos se mezclan, las calidades de definición, la iluminación, la nitidez estridente (la de una cancha de fútbol) o ese sugestivo fuera de foco de luces de automóviles, leds que recuerdan con nostalgia a los tubos de neón, imágenes que parecen dibujadas sin tonos intermedios, cámaras de celulares que muestran al mismo cineasta, con su tradicional sombrero, como testigo de su ciudad.
“Lejos de París” es un canto de amor por Rosario, una confesión a viva voz de un amor-pasión que recuerda al de Francois Truffaut por París (no es casual que en su título aparezca París como ciudad referente), un oda a su paisaje urbano, aunque en ningún momento caiga en el lugar común sino todo lo contrario, al punto de convertirse en un estímulo fuera de serie.
No hay mejor sueño que aquel que se puede disfrutar a plena conciencia, y Postiglione logra soñarlo a ojos bien abiertos, invirtiendo, además películas caseras, viejos registros de la ciudad, incluso algunos de las reacciones populares de 1968 y de 2001, fragmentos de sus películas, de otras películas y una gama de trucos que ayudan a completar un todo hipnótico.
El experimento que deviene único, en tanto y en cuanto pocas ciudades del mundo tuvieron hasta el momento una interpretación cinematográfica cargada de cinefilia de esta magnitud, que además tiene a su favor un trabajo de montaje impresionante, digno de ser analizado en escuelas de cine, porque en ese rubro reside buena parte del éxito del producto acabado.
3 ene 2013
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